La historia de los regímenes autoritarios está plagada de intentos fallidos de sucesión dinástica. Nicaragua conoce bien esta historia: durante 43 años, la familia Somoza convirtió al país en un feudo privado y en ese espejo se refleja el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, cuya apuesta por consolidar un relevo familiar en el poder intensifica su aislamiento y profundiza las tensiones internas. El régimen sembró las bases para transferir el poder a sus hijos, pero el suelo sobre el que pisan está plagado de fisuras.
Las reformas constitucionales oficializaron a Rosario Murillo como copresidenta, estableciendo formalmente la primera línea de sucesión del régimen. En caso de faltar Ortega, Murillo asumiría automáticamente el poder total, convirtiéndose en la pieza clave del engranaje dinástico diseñado para transferir posteriormente el poder a sus hijos. Este diseño institucional convierte a la esposa en guardiana de la continuidad familiar, para asegurar que el relevo generacional ocurra bajo su supervisión y control.
Laureano Ortega Murillo, elevado al rango de un embajador plenipotenciario de facto y rostro de la diplomacia de sus padres, y Daniel Edmundo Ortega Murillo –en sustitución de su hermano Juan Carlos–, encargado de un gigantesco aparato mediático oficialista, evidencian la colonización familiar de las instituciones públicas. La familia extiende sus tentáculos con Camila, Luciana, Maurice y Carlos Enrique en cargos técnicos, creativos y logísticos, y con Rafael Antonio (Payo), ejecutor de las finanzas del clan y sancionado por estar “detrás de los esquemas financieros ilícitos” de Ortega. El Estado se ha transformado en patrimonio familiar, subordinado a la lógica de supervivencia de una sola familia.
Pero Nicaragua no es una anomalía. La historia reciente de Siria, Corea del Norte o Guinea Ecuatorial revela patrones consistentes: Bashar al-Assad radicalizó la represión instaurada por su padre; Kim Jong-un continúa la dinastía más longeva del comunismo mundial. Tras suceder a su padre Kim Jong-il en 2011, consolidó su poder mediante purgas familiares, incluyendo la ejecución de su tío Jang Song Thaek en 2013 y el asesinato de su medio hermano Kim Jong-nam en 2017. El viejo Teodorín Obiang reproduce el ciclo cleptocrático de su progenitor. Todos comparten una matriz: legitimidad popular eclipsada, represión como norma y una élite cerrada que posterga su propio ocaso.
El precedente más revelador para Nicaragua sigue siendo su propia historia: los Somoza también controlaron durante décadas un aparato represivo sofisticado, mantuvieron el apoyo estadounidense, y acumularon inmensas fortunas. Sin embargo, cuando las élites se fragmentaron, Washington les dio la espalda y la legitimidad popular se evaporó, la dinastía colapsó.
Anastasio Somoza Debayle, como Ortega hoy, subestimó las fisuras internas. En 1979, la ruptura entre la Guardia Nacional y sectores descontentos se combinó con la presión creciente de la guerrilla, que ya había asestado golpes decisivos al somocismo –como el asalto a la casa de Chema Castillo en 1974 y la toma del Palacio Nacional en 1978–, acciones que catapultaron la influencia del sandinismo a nivel nacional e internacional. Hoy, la fractura viene desde el propio sandinismo: la cacería de comandantes históricos no solo destruye la escasa cohesión que quedaba en el partido, sino que genera resentimientos y ánimos de venganzas que pueden activarse en cualquier momento.
Esta purga confirma una división que ya existía entre las “fichas” de Murillo y las de Ortega, pero que se mantenía contenida gracias a que Ortega actuaba como dique de protección para las suyas. Quienes hoy representan un peligro para ella, pueden correr con la misma suerte de Humberto Ortega y Bayardo Arce. Su posición como copresidenta y primera en la línea sucesoria le otorga el poder institucional para ejecutar esta limpieza, con el objetivo primordial de asegurar su propia sucesión sin detractores. Solo después de blindar ese relevo personal podrá encaminar, si así lo decide, el traspaso a sus hijos.
Aunque, la perspectiva de una sucesión familiar carece de respaldo social y se sostiene únicamente en la represión y el clientelismo, el consenso ha sido reemplazado por el control policial y la cooptación de las instituciones. El aislamiento internacional, lejos de neutralizar al régimen, ha sido incapaz por sí solo de limitar su margen de maniobra interno y represivo, evidenciando la ineficiencia –y en algunos casos la indiferencia– de una comunidad internacional que observa, pero no frena.
La experiencia internacional muestra tres escenarios recurrentes en las sucesiones dinásticas autoritarias: consolidación con represión extrema, transición pactada con reformas parciales, o un colapso abrupto por fractura interna o revuelta popular. Bután, donde el rey abdicó voluntariamente para iniciar una transición democrática, es una excepción notable. Libia, con el fallido intento de sucesión de Saif al-Islam Gaddafi, ofrece un ejemplo de cómo la desconexión entre élite y pueblo puede dinamitar los planes de perpetuidad.
“De la política no como”
Como en los años previos a 2018, Nicaragua vive bajo un velo de aparente normalidad que oculta las tensiones estructurales del régimen. La población se autorreprime bajo la lógica del “si no me meto en nada, no me pasa nada”, mientras la represión se ha integrado a la vida cotidiana. Esta calma superficial, similar al período previo al estallido de abril, encubre una realidad de desprotección ciudadana, temor, impunidad y necesidad de supervivencia económica.
La diferencia crucial es que, a contraste del período pre-2018, el régimen ha perdido toda legitimidad popular y enfrenta una “economía del exilio” sostenida por las remesas de casi un millón de nicaragüenses que huyeron del país. En este contexto, cualquier intento de transferencia hereditaria del poder enfrenta el descontento silencioso de una población que ya no cree en el relato de “paz, justicia y prosperidad”, y el cuestionamiento de una élite que sabe que el costo de seguir puede ser demasiado alto.
La historia ha demostrado que los regímenes autoritarios que ignoran las señales del desgaste y apuestan todo a la sangre, terminan atrapados en su propia trampa. Nicaragua no es la excepción. Su futuro dependerá de las fisuras que se abran desde dentro y de la capacidad de la sociedad nicaragüense y la fragmentada oposición política para articular una salida con memoria, justicia y transición.
La pregunta no es si el régimen caerá, sino cómo y cuándo. Y si esa caída abrirá la posibilidad de una democracia real o de una nueva mutación autoritaria. Por ahora, el intento de heredar el poder ha expuesto la verdadera naturaleza del sistema: un experimento de familia que busca gobernar un país como si fuera una empresa privada. La historia ya ha visto esto antes. Y no suele acabar bien.
ESCRIBE
Néstor Arce
Cofundador, director y productor multimedia de Divergentes. Junto a su equipo ha obtenido el Premio Ortega y Gasset 2022, el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa 2022, nominado al Premio Gabo 2021 y los premios a la Excelencia Periodística Pedro Joaquín Chamorro.