León vivió una “Gritería” más silenciosa y con menos fieles que otros años

La represión contra la Iglesia Católica y las olas de emigración que están vaciando el país se dejaron sentir en la popular fiesta de La Gritería, con que se celebra la víspera de la Purísima Concepción, patrona de Nicaragua. Una encuesta oficialista reciente señala que el porcentaje de católicos ya es menor que el de protestantes. En esta histórica ciudad del occidente, la Purísima cobra una especial relevancia, por lo que DIVERGENTES se adentró en sus calles y contactó con promesantes y vecinos para conocer sus impresiones

Fotos de La Gritería en León este 7 de diciembre de 2022. Divergentes.

Las detonaciones de pólvora duran más de veinte minutos en el atrio de la Catedral de León. Cientos de personas, reunidas la noche de este miércoles siete de diciembre en el parque y calles aledañas, ven los cohetes de colores que estallan en el cielo. Es el inicio de una de las celebraciones religiosas más importantes de este departamento: La Gritería, que se hace en todo el país y, dicen, que con “mayor fervor” en esta calurosa ciudad del occidente de Nicaragua. 

Hoy no hace calor ni humedad. Corre un vientito apacible, típico de inicios de diciembre. Llegamos antes de las seis de la tarde para vivir una de las tradiciones católicas más importantes de la región, en uno de los lugares que presta casi todas las condiciones para facilitar el desborde popular y religioso. Ayuda que el obispo de León, Sócrates René Sándigo, sea de los pocos jerarcas católicos que tenga buenas relaciones con el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Y más aún, en un momento en que el Gobierno de Nicaragua hostiga a varios representantes católicos, con persecución, cárcel y destierro. De hecho, el Departamento de Estado de Estados Unidos designó a Nicaragua como uno de 12 de países de “especial preocupación por haber cometido o tolerado violaciones especialmente graves a la libertad religiosa”. Mientras su hermano de fe, el obispo de Matagalpa, Rolando Álvarez se encuentra bajo arresto domiciliario –y otros sacerdotes están presos o exiliadosmonseñor Sándigo anoche gritó: “¿Quién causa tanta alegría?”, con el que se dio inicio a la celebración. A su lado, le acompañaba el exalcalde sandinista, Roger Gurdián. 

Un “toro encuetado” –un hombre dentro de una armatoste con la figura de un toro repleto de pólvora– se prende en una avenida. La gente lo rodea, mientras se capean las detonaciones de colores que van en todas las direcciones, al ritmo de la orquesta. 

El obispo de la Diócesis de León, monseñor René Sándigo. Foto: Divergentes.

Después del “grito” del obispo y el cese del repique de las campanas de la iglesia, casi todos los feligreses se dispersan por las calles buscando los altares que los vecinos adornan en sus propias casas, así como los que instalan instituciones, negocios o parroquias. En cada uno de ellos, grupos de personas se detienen para cantar a la Virgen y recibir “la gorra” (puede ser un dulce, un jugo, una caja de fósforo o pitos y cintillos tradicionales) o un brindis, a cambio. “Este año casi no hay plástico”, dice un hombre que va con su hijo de altar en altar, con un saquito a tuto para recoger lo más que pueda. “En esa casa están dando panas”, señala el hombre, antes de correr a meterse entre un tumulto y salir con una panita roja de plástico. 

En el parque, frente a la Catedral, el ambiente cambia poco: algunos vecinos, turistas extranjeros y nacionales se toman selfies en los altares ubicados en una calzada o enfrente de una Gigantona, una muñeca hecha de madera de más de 10 metros de altura, que es símbolo de la festividad en León. Varios bajan de sus carros para ir a los bares cercanos que, desde antes de las 8:00 p.m., ya bullen. La música alta, el vaivén de cervezas y tragos dan la sensación, inevitable, de que se vive un día festivo, y no necesariamente religioso. “La gente viene a tomar, a pasarla bien. Pocos van a las Purísimas”, dice un hombre que está en uno de estos bares. 

Migración, “menos católicos” y crisis económica

Fuera, por las avenidas principales –Rubén Darío y Marcoleta– no dejan de andar los que buscan altares. Todavía se dan brindis en las casas, en Sutiaba hay una feria con Purísimas, y el grupo de cumbia, Costa Azul, hará un toque más tarde en un restaurante. “Está palmado, ya no es cómo antes”, dice un señor que mira pasar a algunas personas por su casa. Nosotros no hemos venido antes, pero por todas las calles que pasamos vimos bastante movimiento.“Antes, la gente no cabía en las calles y había Purísimas en cada casa”, dice. Cuando le pregunto por qué cree que la festividad ya no es igual que antes, el señor me responde que “lo que pasa es que muchas personas han cambiado de religión y ahora son evangélicos”. 

Esta teoría fue cuestionada por el propio obispo Sándigo un día antes, el seis de diciembre, cuando dijo que “es falsa la estadística que quiere desanimar y que dice que ya no hay católicos en Nicaragua”. Aunque no los menciona, Sándigo se refiere a los resultados de la última encuesta de M&R Consultores, una empresa afín al gobierno, que afirma que el 36.9% de los nicaragüenses es protestante y el 33.1% es católico. 

“Pero también afecta que se ha ido mucha gente a Estados Unidos”, dice el mismo señor con el que conversamos en León. Asegura que, en las cuatro manzanas que rodean su casa, en las arterias principales de esta ciudad, conoce que se han ido unas 24 personas a Estados Unidos. “Todos jóvenes”, dice. “La gente que hacía las Griterías se fue del país”, agrega. Datos de la patrulla fronteriza de Estados Unidos (CBP) indican que, en el año fiscal 2022, detuvieron en la frontera a 164 mil 600 nicaragüenses sin papeles, tres veces más que en el período anterior. Un éxodo sin precedentes. 

La percepción de este vecino de una de las principales calles de León, en la que ha vivido 30 años, es la que confirma otra señora, que celebra una Gritería en una casa cercana: “Está palmado, como vacío”, dice. “Antes usted no podía caminar entre tanta gente en las calles”. 

Antes de la pandemia, había “más y mejor” 

Foto: Divergentes.

En una venta de frutas, manzanas y dulces, se encuentra un altar pequeño con la imagen de una Virgen diminuta. La vendedora despacha y da brindis al mismo tiempo. Ella también cree que este año vinieron menos personas a La Gritería de León, porque otros años, a esta hora, pasadas las nueve de la noche, “ya no tenía nada que dar”. 

A esa hora la afluencia disminuye. Cierran las puertas de las casas pero dejan visible los altares. Algunas personas optan por sentarse fuera de sus casas, en parte, como señal de que se les acabó lo que tenían para regalar. Se ven familias que cargan sacos llenos, después de más de tres horas de caminar, cantar y gritar. 

En la acera del parque de Los Poetas está Marta –nombre modificado para proteger su identidad– con su hija de 13 años de edad y dos nietas, de cinco y siete años. Todas llevan bolsas llenas en las que se ven panas y baldes de plástico, pelotas inflables, pitos, bolsitas de azúcar, de arroz; cajitas de fósforo, entre otros productos que no puedo ver. Marta dice que vienen desde Chichigalpa, a 47 kilómetros de distancia, porque La Gritería en León “es buena y se recoge bastante”. Ella está conforme con lo que recogió, pero dice que, antes de la pandemia y de la crisis de 2018, llevaba más y mejores cosas. “El año de la pandemia estuvo peor que este año”, dice Marta, quien está cansada de caminar y quiere beberse una gaseosa. 

Como no hay buses para regresar a su pueblo a esa hora, Marta dice que se quedará con las niñas en las bancas del parque, frente a la Catedral, a la intemperie, como todos los años. A las doce de la noche escuchará las detonaciones que duran más de veinte minutos sin parar. En la mañana tomará un bus para regresar a su casa, en Chichigalpa.