Daniel Ortega ha sido noticia internacional después de asegurar en la Plaza de la Fe que no volverán a haber elecciones en Nicaragua. “¡Qué se olviden!”, gritó a los 25 bloques formados frente a él. La respuesta fueron los aplausos que esperaba. El mensaje era para los opositores desterrados.
Lo dicho no es nuevo. Esa ha sido su práctica desde que en 2008 instauró el fraude como patrón electoral en el país. Ha hecho de todo para mantenerse gritando: “¡lero, lero, lero!” a todo aquel que le ha sugerido permitir elecciones de verdad.
En 2011 la OEA dijo que le habían escondido el radar y que, durante las elecciones en las que Ortega no debió haber tomado parte, volaron a ciegas. Contra toda protesta ganó el candidato eterno del FSLN.
¿Recuerdan que en 2014 dijo a los obispos católicos que la carta que le estaban entregando ya la había leído en la web? En esa misiva –que los prelados creían solo ellos conocían hasta ese momento– le recomendaban realizar reformas electorales para luego realizar elecciones alejadas de la sombra del fraude. A partir de ese momento los líderes católicos pasaron a formar parte de la lista de enemigos a resolver.
En 2016, como respuesta a los obispos, Ortega se reeligió por segunda vez consecutiva, después de que sus seis magistrados de la Corte Suprema decidieron en octubre de 2010 que no se le podía quitar su derecho a la reelección continua e indefinida. “¿Cuál era el miedo?”, decían. Si el pueblo así lo quería, Daniel podía continuar.
Durante la crisis de 2018, en el Seminario Mayor, le pidieron adelantar las elecciones, como una vía para resolver el conflicto que aún persiste. Su respuesta fue aniquilar a cuantos estuvieran en las calles y detrás de las barricadas, perseguir a miles, encarcelar a cientos, mandar al exilio a decenas de miles. Como le dijo Tomás Borge cierta vez: “el poder no se negocia”.
Después de la pandemia de 2020 Daniel vio que los opositores querían elecciones de verdad para ganar el gobierno. Y como vio que iban en serio a todos los mandó a la cárcel, para después desterrarlos a los Estados Unidos en febrero de 2023. Solo permitió que participaran aquellos partiditos que le juraron no estorbar. Aquello fue de burro amarrado contra león suelto. Y para que vieran que iba en serio, desterró a cuatro de los obispos que le llegaron a dejar aquella carta.
Y así llegamos al 19 de julio de 2026, cuando Ortega dijo que no volverán a haber elecciones que los opositores pudieran ganar. Tal vez en ese momento no era consciente de que estaba reeditando la maldición de un país llamado Nicaragua: quien llega a la silla presidencial se atornilla en ella hasta que lo sacan a patadas.
¿Por qué Ortega hizo tal anuncio, que ha sido su práctica desde siempre? Esa es la pregunta que los sesudos analistas han estado respondiendo en estos días.
Yo, que poco sé de esas cosas, imagino a Ortega como uno de aquellos dinosaurios que hace 63 millones de años vio en el cielo un enorme asteroide acercándose. Hoy, ese asteroide es el avance de las derechas salidas desde los márgenes del sistema política en América Latina, que con cada elección han mandado al carajo al club de los ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América).
Ortega ve que Cuba es una calamidad, que Venezuela ha sido parasitado por Trump, que el tío Ralph Goncalves ya es historia, que el remedo de izquierda hondureña ha sido desplazado del poder que y, más al sur, Evo Morales ha sido reducido a la montaña bajo acusaciones de abusos sexuales a niñas bolivianas. Ya no hay gobierno de izquierda en Chile y al de Uruguay no le llegan buenas noticias. México ni lo menciona.
Sí. Ortega es uno de aquellos dinosaurios viendo llegar el asteroide y que ya no tiene a dónde ir. Entonces se enconcha más y más y más. Pero ya sabemos que eso pocas veces salva a la tortuga que, en algún momento, tendrá que sacar la cabeza.
Está solo y abandonado. ¿Se fijaron en esa tarima? A falta de invitados puso a su gabinete a que le acompañara. Y para que vieran que iba en serio – por si se les ocurre estar de necios con eso de las elecciones– mandó a desfilar militarmente hasta a los viejitos, que arrastraban las patas y glorias pasadas.
Pero es cuestión de tiempo. El asteroide se acerca. El fin es inevitable. Solo falta saber cómo terminará esta historia. Y cuándo.
Ortega sabe que al pueblo solo le puede permitir el derecho a elegir cuando el único candidato es él.
ESCRIBE
Alfonso Malespín
Periodista. Investigador de temas de libertad de expresión y medios de comunicación. Amante de la gastronomía, bailes y paisajes nicaragüenses.