Cada 19 de julio, el dictador sandinista Daniel Ortega convierte la conmemoración de la Revolución Sandinista en un acto político personal. Lo que comenzó como un espacio para hablarle a la militancia se transformó, entre 2018 y 2025, en una herramienta de propaganda ideológica, justificación represiva y reafirmación geopolítica.
Su discurso dejó de centrarse en Nicaragua para proyectar una narrativa global. A partir de 2018, con la crisis sociopolítica detonada por las protestas de abril, Ortega adoptó una postura defensiva. Denunció un intento de golpe de Estado orquestado por opositores internos y financiado por potencias extranjeras. Afirmó que enfrentó una “conspiración” que buscaba destruir la economía y la paz. “La conspiración dijo: tenemos que matar la paz”, afirmó entonces.
Ese año, el discurso del 19 de julio tuvo como eje la sobrevivencia del proyecto sandinista. Ortega mostró al Gobierno como víctima de un ataque violento y legitimó la represión como una defensa del orden. Usó imágenes de barricadas, incendios y saqueos para reforzar la idea de un país bajo amenaza.
En 2019, Ortega celebró haber “derrotado el golpe”. Aseguró que la paz se había restablecido y apeló a la unidad nacional. Intentó enviar un mensaje más conciliador: habló de reconciliación, de vivir todos en “la misma Tierra” hasta que Dios lo decida. Sin embargo, el mensaje incluyó nuevas advertencias a quienes consideraba enemigos.
El discurso de ese año insistió en la paz como condición para el progreso. Ortega cambió el tono de denuncia urgente por uno de reafirmación: dijo que el país había vencido la violencia y que el pueblo quería estabilidad. Fue el inicio del giro narrativo hacia una legitimación más profunda del régimen.
En 2020, la pandemia por Covid19 le permitió integrar un nuevo enemigo a su narrativa. Ortega presentó a Nicaragua como un país resiliente, que había sobrevivido al “terrorismo de abril” y ahora también resistía una amenaza sanitaria global. Usó cifras de atención médica para reforzar la idea de eficiencia estatal, contrastando la muerte con el nacimiento: “el doble de los fallecidos nacieron, gracias a Dios”.
La cruzada ideológica de Ortega

Ese mismo año, Ortega incorporó una crítica directa al capitalismo al afirmar que la pandemia era una “advertencia divina” a las potencias globales. Su discurso comenzó a integrar más referencias internacionales, con un tono de denuncia hacia el orden mundial. Dejó de hablar solo de Nicaragua y comenzó a posicionar al país en una supuesta cruzada ideológica global.
En 2021, en pleno año electoral, reforzó el concepto de soberanía nacional como escudo frente a la injerencia extranjera. Citó a Rubén Darío, a Augusto C. Sandino y a otros personajes históricos para ilustrar la necesidad de resistir. Usó alegorías y referencias épicas para vincular la actualidad con las gestas del pasado.
La denuncia al “imperialismo” estadounidense se convirtió en un eje de su discurso. Ortega amplió su narrativa al dejar de señalar solo a adversarios locales y responsabilizó directamente a gobiernos extranjeros. Llamó “amos del planeta” a Estados Unidos y dijo que Nicaragua estaba librando una batalla global por la autodeterminación. Usó la historia como justificación para su permanencia en el poder.
En 2022, tras asegurar su continuidad en unas elecciones sin competencia política real, con el encarcelamiento de los principales candidatos opositores y una nula transparencia de resultados, Ortega profundizó esa narrativa histórica.
Comparó el levantamiento de abril de 2018 con intervenciones extranjeras, como la invasión de Estados Unidos de 1912 o el golpe contra Santos Zelaya, también fraguado desde Washington. Mencionó incluso los bombardeos nucleares perpetrados por la potencia norteamericana contra Hiroshima y Nagasaki para reforzar su argumento de agresiones imperiales.
Ortega mira a la represión como legítima y necesaria

Ese año, su discurso dejó claro que, para él, la represión no sólo era legítima sino necesaria. Equiparó la represión contra la oposición con la resistencia de Sandino o Zeledón. Habló de “traidores” y “vendepatrias” como enemigos históricos de la independencia nacional. La violencia estatal se justificó como defensa de la soberanía.
En 2023, el mensaje se volvió abiertamente internacionalista. Ortega criticó la entrega de armas de EE.UU. a Ucrania, denunció a la Unión Europea y acusó a Occidente de hipocresía. Afirmó que Nicaragua había sido marginada en cumbres internacionales y se alineó abiertamente con Rusia, China, Venezuela y Cuba. El conflicto global ocupó más espacio que los problemas del país.
En 2024, durante el 45 aniversario de la Revolución, Ortega consolidó su visión de continuidad histórica. “¡Aquí no se rinde nadie!”, dijo, en un mensaje dirigido a reafirmar su legitimidad interna. Habló de la juventud como garante de la revolución y volvió a mencionar la guerra en Ucrania como ejemplo de una lucha entre el bien y el mal. Para él, Rusia representa la justicia y EE.UU., la barbarie.
Ese año, defendió la alianza con Rusia y justificó su rol en Nicaragua. Contrapuso la ayuda soviética en la década de los años 80 con la “rapiña” colonial de Occidente. Insistió en que la OTAN y EE.UU. no buscaban la paz, sino controlar el mundo. Así, su mensaje se convirtió en una pieza de propaganda internacional.
Retórica de Ortega al extremo
En 2025, Ortega llevó su retórica a un nuevo extremo. “Aquí todos somos Daniel. Todos”, proclamó al inicio de su discurso, sugiriendo una identificación total entre su figura y el pueblo. Ya no habla como presidente sino como la encarnación del proyecto histórico revolucionario, en la que Nicaragua ya no se representa a sí misma, sino a través de su “líder”.
Este año retomó referencias a las guerras napoleónicas y la Segunda Guerra Mundial. Aseguró que Rusia y China habían derrotado al fascismo, y que esas mismas fuerzas hoy luchan por un nuevo orden mundial. Reforzó la idea de un mundo multipolar y sostuvo que Occidente debe aceptar esa “nueva realidad”.
La narrativa de 2025 prioriza la lucha geopolítica sobre cualquier problema interno. Ortega ya no intenta explicar ni justificar lo que ocurre en Nicaragua. En cambio, presenta al país como una trinchera simbólica en un conflicto mundial donde el sandinismo representa la dignidad, y él, su figura central.
El abandono del sandinismo
Para la comandante guerrillera y exrea política de la dictadura orteguista, Dora María Téllez, el uso del elemento religioso en el discurso de Ortega-Murillo tiene que ver con el colapso ideológico del sandinismo por parte de los ahora copresidentes de Nicaragua.
“Ellos hicieron un abandono del sandinismo, de las raíces del sandinismo en Sandino y también de las raíces del sandinismo de finales del siglo 20 que estaban en Carlos Fonseca. Y ese colapso ideológico, entonces fue sustituido por un un intento de darle un elemento espiritual y religioso a la familia Ortega- Murillo, poniéndose como los elegidos de Dios, predestinados a gobernar Nicaragua y a ejercer el poder sobre el pueblo nicaragüense”, explicó.
Téllez indicó que este discurso también les funciona como un elemento aglutinador que les sirve también para confrontar a la Iglesia Católica, contra la que régimen desató una feroz persecución derivada en el secuestro, encarcelamiento y destierro de decenas de sacerdotes.
“Se quieren colocar a sí mismos como nombrados por Dios, como elegidos por Dios, como que fueran los reyes antes. Los reyes de antes hacían devenir su poder de ser supuestamente designado por la Divina Providencia. Entonces ellos sustituyeron el elemento ideológico del sandinismo que giraba en torno a Sandino y al pensamiento de Carlos Fonseca, y lo sustituyeron por un elemento ideológico religioso, a cuya cabeza está Rosario Murillo y Daniel Ortega, como los elegidos”, anotó.
La fabricación de enemigos
El analista político Eliseo Núñez expresó que el régimen de Ortega utiliza la religiosidad popular como herramienta de poder simbólico.
“En sus discursos, incorpora elementos místicos y referencias espirituales con el propósito de moldear las creencias colectivas, presentándose como un intermediario entre lo divino y lo terrenal. Su esposa, Rosario Murillo, cumple una función ritualizada, similar a la de una sacerdotisa, consolidando esta dimensión cuasi teológica del liderazgo. Este recurso no busca únicamente legitimar el poder, sino capturar emocionalmente a sus seguidores bajo una lógica de fe política”, opinó.
Indicó que al mismo tiempo, Ortega fabrica enemigos internos y externos, siguiendo lo que denominó como la lógica clásica de los regímenes autoritarios: generar una sensación de amenaza constante para inducir temor y dependencia.
“Mediante esa estrategia, su base social es persuadida de que, sin su presencia, su forma de vida estaría en peligro. Ambas prácticas convergen en un propósito central: construir un poder ilimitado sostenido sobre dos pilares emocionalmente potentes: el miedo y la fe. Esta fusión permite neutralizar la crítica racional y desdibujar los límites entre lo político y lo sagrado, configurando un autoritarismo de tintes místicos”, explicó.
Fracturar a la sociedad nicaragüense: los leales y mis enemigos
Téllez también señaló que un elemento clave para el sostenimiento de un régimen como el orteguismo es la polarización, dividir a la sociedad en amigos, enemigos e indiferentes.
“Es fracturar la sociedad nicaragüense entre los míos y mis enemigos y eso le sirve para aglutinar a su propia base, que se ve confrontada permanentemente a un enemigo gigantesco, al cual hay que combatir, al cual hay que aniquilar”, dijo.
“Eso legitima la destrucción, aniquilación de la oposición, incluyendo la liquidación física. Se construye un enemigo interno de una enorme peligrosidad, con una enorme capacidad de hacer daño. Y entonces, al construirlo de esa manera, pues simplemente se le deshumaniza y se preparan las condiciones para la eliminación de ese enemigo interno, incluyendo la eliminación física”, añadió.
Discursos para los convencidos

Entre 2018 y 2025, Ortega transformó sus discursos del 19 de julio en una plataforma para construir un relato de lucha permanente. Pasó de denunciar a “golpistas” internos a enfrentarse discursivamente con “imperios” globales. Cambió el tono de urgencia y dolor por uno triunfalista y mesiánico. El eje, sin embargo, permanece: consolidar su poder.
La construcción del enemigo ha sido una constante. En 2018, fue la juventud rebelde. En 2019, los “terroristas”. En 2020, el virus del Covid. Desde 2021, las potencias extranjeras. La narrativa se ha adaptado, pero siempre ha servido para justificar la represión interna y proyectar fortaleza ante sus bases.
Ortega también ha usado la religión como soporte ideológico.
Enfatiza que su poder es voluntad divina, que la revolución es sagrada y que sus enemigos son pecadores o herejes. La retórica mezcla pasajes bíblicos, símbolos patrios, consignas de guerra y lecciones históricas, creando un discurso circular que lo legitima y lo perpetúa.
Su audiencia ya no es toda Nicaragua. Sus discursos apelan a los convencidos, no a los críticos. Se extienden en duración, saturan en simbolismo, y sirven para reafirmar un relato donde la historia siempre lo absuelve. En su lógica discursiva, Ortega no gobierna: redime, resiste y representa.
A medida que Nicaragua se aísla internacionalmente, Ortega se encierra en su narrativa épica. Del grito de “¡No pudieron, ni podrán!” implícito en 2018 hasta el “todos somos Daniel” de 2025, el discurso del 19 de julio se ha convertido en la máxima expresión del autoritarismo simbólico del régimen. Más que una conmemoración, es una liturgia de poder.