Wilfredo Miranda Aburto
20 de Marzo 2026

Esa incomprensión que causamos los exiliados


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A menudo se me enciende la nostalgia. Es algo que se nota en ciertos estados de ánimo, por momentos, en fechas especiales, algunas noches, frente a algunas fotos o videos. Como exiliado padezco mucho de nostalgia y por eso, en los últimos años, otros nicaragüenses que no lo son coinciden en hacerme la misma pregunta. “¿No te das cuenta que eso que extrañas, esa Nicaragua, ya no existe?”, plantean. Y entiendo plenamente la incomprensión que les causamos.

Siempre les respondo que sí, porque así lo creo. Que ya no existe. Estoy clarísimo. Pero me limito a dar más argumentos, porque creo que con mis acciones demuestro que mi nostalgia no es ilusa ni, mucho menos, me paraliza o estanca en lo que ya fue. Simplemente, como todo en la vida, hay diferentes connotaciones de nostalgia. Y trato de darle a la mía un fin: la reivindicación de la memoria, sí, muy personal, pero entrelazada con una colectiva.

La mayoría de quienes me hacen esa pregunta son personas nacidas a partir de 1990 (como yo), o en la década anterior, pero que comparten algo esencial: crecieron en familias que tuvieron que marcharse de Nicaragua a partir de la década del noventa, luego de la la derrota de la Revolución Sandinista. Para Nicaragua fue el inicio de una construcción democrática que, pese a las esperanzas de la época y a la promesa regional de paz, democracia y desarrollo surgida tras los Acuerdos de Esquipulas, no fue capaz de solventar todas las necesidades de estas personas y sus familias en los siguientes años. Fue una promesa enclenque, que quedó debiendo demasiado. 

Me refiero a migrantes económicos que se fueron a Estados Unidos, España o mayormente a Costa Rica. Un grupo de personas para quienes ese intento de construcción democrática no supuso una mejoría en sus vidas, sino todo lo contrario: un país empobrecido, incapaz de ofrecer un trabajo digno, donde acceder a educación o a servicios sociales de calidad se volvió un problema tan grande como la desigualdad. En un contexto político nicaragüense, además, torpedeado por la oposición sandinista y marcado por la corrupción rampante del gobierno de Arnoldo Alemán.  Una dinámica migratoria que se mantuvo hasta la década de los años dos mil, y que ha seguido con diferentes variaciones.

Preparando recomendación…

Quienes me hacen la pregunta también perdieron el país, pero de una manera distinta a la de los exiliados, seamos la camada de los años ochenta o la que emergió después de 2018. Dos generaciones cruzadas por conflictos políticos, aunque con matices muy diferentes que bien darían material para otro artículo. El matiz central que me motiva a escribir este, sin embargo, es el de quienes perdieron un país que nunca les ofreció futuro.

Ellos, quienes me hacen la pregunta, resienten un país donde no pudieron desarrollarse ni personal, ni profesional ni económicamente. En esas condiciones, atadas casi siempre a la falta de oportunidades, a las penurias y a la pobreza, es difícil construir un arraigo más profundo con el país. Más allá del sentido patrio o de extrañar nuestras playas y nuestra gastronomía, Nicaragua se convirtió para muchos en un lugar del que había que irse para poder vivir mejor. Algo antagónico a la idea de tener recuerdos felices. 

A ver, no me tomen a mal. Esto no es una crítica a quienes me hacen la pregunta, sino un intento de comprender cómo nos ven a los exiliados. No fue su culpa haberse ido en esas condiciones; fue lo que tuvieron que hacer. Y por suerte, la gran mayoría encontró en los países de destino, tras muchos esfuerzos, desventuras y sacrificios, todo lo que Nicaragua no pudo darles: educación, trabajo, oportunidades, experiencias, vida digna… Es decir, lograron reconstruir sus vidas como migrantes, viendo a Nicaragua como un lugar al que se vuelve de visita, en vacaciones o, quizás, para retirarse algún día. 

Por otro lado, están quienes, nacidos después de los noventa, nos quedamos en Nicaragua. Ya sea por una cierta fortuna económica o social, o simplemente porque decidimos sortear ese país yermo de oportunidades. A pesar de esas circunstancias políticas y sociales complejas, crecimos en una Nicaragua donde nuestra identidad se fue cimentando con la cotidianidad que todo enraiza. La conciencia de quienes nacimos después de los noventa se formó en un país marcado por un breve y maltrecho paréntesis democrático, asistiendo a sus ciudades, colegios, universidades, hospitales, mercados, playas, bares, iglesias y todo lo que implica la formación de las personas que somos.

De modo que, por la sencilla razón de haber vivido allí, quizá tenemos más conexiones sentimentales y coyunturales con Nicaragua. Con una diferencia capital: por las razones que sean, como dije antes, nunca decidimos irnos por alguna circunstancia, hasta 2018, cuando la represión nos empujó a ello. Por eso, a menudo, nuestra memoria se enciende con esa nostalgia exiliada. Desde nuestros espacios allá, adentro, reconocimos un país dañado y empezamos, como generación, a demandar la construcción de uno distinto, precisamente para que nuestros pares que se fueron antes no tuvieran que seguirse yendo.

Dicho de otra manera, quienes me hacen la pregunta recuerdan un país que no les ofrecía futuro y los expulsó; nosotros, en cambio, recordamos uno que queríamos cambiar, viviendo allí, demandando condiciones.

Y, de nuevo, esto no es un reproche, porque quienes me hacen la pregunta han sido parte fundamental para que Nicaragua no toque fondo a lo largo de estas décadas, gracias a sus remesas familiares. También porque han sido refugio para quienes fuimos expulsados del país por razones políticas. Simplemente lo que pretendo en esta columna de opinión es entender la diferencia de nuestras nostalgias, todas al final irremediablemente escritas con el mismo nombre que duele por parejo: Nicaragua.

En ese sentido, en medio de la incomprensión que la nostalgia exiliada pueda causar a quienes me hacen la pregunta, aunque les aburra, creo que seguirán viéndome nostálgico por momentos, porque insisto en darle a esa nostalgia un propósito. Primero, el de la reivindicación de la memoria y la denuncia de los atropellos políticos sufridos bajo la dictadura Ortega-Murillo, que, como ya saben, además del país nos arrebató cuestiones tan esencialmente básicas como nuestras casas, muchas de ellas confiscadas; nuestra nacionalidad; nuestros amigos; nuestras universidades; los entierros, los cumpleaños de nuestras familias y una extensa lista más. Pero en resumen, la posibilidad de crecer y ver morir a los nuestros.

Una realidad que de alguna manera compartimos todos los que nos hemos ido de Nicaragua, sea por las razones que sean, pero que hiere más cuando la decisión de salir fue causada por una barbarie que, incluso, alcanza a quienes me hacen la pregunta cuando el régimen no los deja entrar al país, por ejemplo; o cuando ni siquiera pueden gestionar sus documentos en los consulados. O cuando los muerde el miedo de ir de visita a su patria, tomando una serie de providencias para pasar la frontera.

En un contexto como este, a algunos nos toca denunciar. Es otro propósito, distinto al de quienes me hacen la pregunta. Volcar la nostalgia en reclamo, denuncia, memoria y, por qué no, en esperanza. Sabemos que esa Nicaragua de nuestra nostalgia no existe, pero para saber cuál queremos cuando nos toque regresar y construirla en conjunto, a veces toca mirar hacia atrás, para saber de dónde venimos, como canta Malpaís.

Si bien la nostalgia exiliada puede resultar cansina para quienes nos frecuentan, al menos de mi parte la seguiré sintiendo, defendiendo y enarbolando. Es mi manera no de recuperar “esa Nicaragua que ya no existe” —eso lo sé bien—, sino de advertir que los perversos ciclos políticos de nuestra historia nacional siempre terminan, además de en sangre y cárcel, en gente yéndose. Y eso no debería ser así.

Quizá, para ilustrar la idea, cambiaría el sentido de aquel verso: al lugar donde has sido feliz deberías tratar de volver, porque nuestra tierra, en algún momento, feliz nos ha atesorado a todos. Esta es una reivindicación de mi nostalgia personal, exiliada y política, pero con un propósito común, aunque sé que ya no puedo recuperar plenamente lo que veo en las fotos y videos de mi galería, sobre todo porque algunos que las poblaban han muerto. 

Posiblemente esta nostalgia no alcance para resolver la situación sociopolítica actual, pero es la forma que encuentro de retribuir a esa Nicaragua distinta cuyo retorno imagino, como quien arma un itinerario entusiasmado, lleno de posibilidades para un viaje de regreso con fecha incierta. Pienso en la enseñanza clásica de Ítaca, en que el viaje enseña muchas cosas importantes con las que ya podríamos quedarnos a esta altura, pero no… En nuestro caso el destino también sigue importando, mucho o más. Por lo pronto, pongo a Fito Páez y me siento con él, Al lado del camino, mientras canta su propio sino atribulado: “Es solo la intuición de mi destino”.

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Wilfredo Miranda Aburto

Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.