El viernes 30 de junio de 2023, mi editor de El País me hizo un encargo inusual, debido a que yo cubro para el diario temas de Nicaragua y Centroamérica. Me dijo que había muerto el reconocido periodista cubano Carlos Alberto Montaner. Que si podía escribir un artículo sobre su fallecimiento, ocurrido de forma plácida en Madrid, pero sobre todo acerca de ese exilio que lo signó desde los 17 años, cuando zarpó –para nunca más volver– de la isla sometida por los Castro por más de 60 años y contando aún.
Le contesté a mi editor que sí, que me encargaba del artículo, en especial porque Montaner no era un desconocido para los nicaragüenses, en particular para nosotros los periodistas. Era una cara conocida en nuestros televisores cuando aparecía en CNN dando sus puntos de vista y análisis. Era un asiduo de los diarios con sus columnas de opinión, que uno leía. A veces, autor de best sellers con sus libros. En síntesis, una de las voces más mesuradas y potentes del exilio cubano de Florida. Esa fuerza política en Estados Unidos que casi siempre se decanta por ciertos republicanos de “carácter arrogante, que mienten o exageran, que gritan e interrumpen constantemente al adversario en un debate”, por usar hoy las palabras que una vez dijo Montaner.
Aunque no soy supersticioso, a veces me gusta creer que hay días en que el periodismo y el destino nos deparan coincidencias satisfactorias, como las de este 26 de noviembre en Ciudad de México, cuando recibí este premio que honra la memoria de Montaner. “Premio al Periodismo Joven”, se llama, y lo recibo con muchas canas en mi otrora pelo negro, y al borde de esos 35 años que suelen marcar el inicio del fin de la juventud. Ay, juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!, me golpea el verso de nuestro Rubén Darío… pero, más allá de eso, me siento totalmente vital y ahora motivado más por esta coincidencia que siento: haber escrito sobre la muerte de Montaner para contar su vida, en la que, debido al mismo veneno del totalitarismo y los tiranos, encuentro ahora muchas similitudes con la mía.
De modo que recibir este galardón reaviva mi compromiso con un periodismo riguroso, ético, comprometido y de utilidad para la sociedad. Un periodismo que no claudica, como el de Montaner, a pesar de escribir sobre nuestra patria sin estar en ella por razones forzadas. Soy un periodista en el exilio también, despojado de mi nacionalidad por la dictadura bicéfala de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Y no soy el único. Desde 2018, tras las protestas sociales que arrinconaron a la pareja copresidencial, se desató una de las represiones más brutales del continente americano: más de 350 personas fueron asesinadas y miles han sido encarceladas. Expertos de Naciones Unidas lo catalogan como crímenes de lesa humanidad. Esa represión in crescendo ha provocado que más de 50 medios hayan cerrado y que más de 250 periodistas estemos en el exilio… A eso súmele una ristra de confiscaciones, desnacionalizaciones y bloqueo de cuentas bancarias, prisión política… Redacciones enteras se han exiliado, como La Prensa, Confidencial, 100% Noticias o DIVERGENTES, a la cual hoy represento. Hay “desiertos informativos” en el país que es el único en el hemisferio occidental que no cuenta con un periódico impreso.
Por otro lado, y no quiero dejar de mencionarlo, en la actualidad se suma la represión transnacional, que no solo ha reforzado esta autocensura sin precedentes, sino el temor de poder ser asesinados en Costa Rica, el epicentro de nuestro exilio. El régimen ha ejecutado asesinatos de opositores, como el mayor en retiro Roberto Samcam en San José, y quien, tampoco está de más decir, era una fuente habitual de los periodistas.
Ante ese panorama complejo, puedo decirles que el destierro muerde de formas insospechadas, sobre todo ante la perversidad de los Ortega-Murillo. He tenido que ver por una transmisión en vivo el entierro de mi abuelo, que por cierto era periodista. Con el paso del tiempo, uno se vuelve más un desconocido para los amigos y las familias que quedan dentro de Nicaragua, porque sentar cara ante una dictadura trae esta consecuencia: te vuelve una especie de apestado. Nadie se toma una foto con uno cuando salen del país, para protegerse. Pero no los reprocho: es lo que debe hacerse ante un régimen totalitario que no posee ningún respeto por ningún código ni derechos humanos. Algunas mafias tienen más códigos irrompibles que los copresidentes.
Podría extenderme enumerando más atrocidades, pero quiero detenerme en la vida de Montaner, quien, a pesar de que nunca pudo volver a su Cuba ni ver un cambio democrático, nos legó claves para soportar y navegar el exilio. Durante estos seis años de exilio que me han tocado, los he aprendido a ver cómo, de alguna manera, los vio Montaner: como una larga estación en tránsito al país al que –no sabemos cuándo– no podemos volver. Somos unos desarraigados de esperanza terca, conscientes de que los tiempos de la libertad son inextricables. ¿Cuándo será libre Nicaragua, Cuba y Venezuela? No lo sabemos, pero seguimos bregando por ello.
Pero no todo es nostalgia. Y también allí encuentro similitudes con Montaner. Hay alicientes. Yo estoy aquí porque puedo viajar gracias a que España, de manera generosa, me otorgó la nacionalidad española. Y traigo a colación a España no sólo por arropar también a Montaner, sino porque hace menos de un mes, mis padres aterrizaron en Madrid en un vuelo repleto de refugiados nicaragüenses, quienes se reasentaron allí gracias a la solidaridad mayúscula de los españoles. A ellos, Carmen y Wilfredo, les dedico este premio porque me han enseñado con su ejemplo que la única manera es resistir y reinventarse, apegados a nuestros principios… Espero que España siga esa senda solidaria en un mundo de países que viran hacia sus propios ombligos. Que España siga demostrando que no es con muros que se alcanzan soluciones.
El reportaje que este jurado ha premiado, en medio de una calidad altísima de colegas competidores, es precisamente eso: un viaje de costa a costa a ese Estados Unidos de fronteras blindadas. En medio de miles de millones de pulgares que deslizan videos hacia arriba en TikTok y otras redes sociales, el periodismo pareciera que pierde cancha. La superficialidad y la banalidad permean como nunca a nuestras sociedades. Y no se trata de montar una diatriba contra estos nuevos consumos de información, sino de la obligación del periodismo de adaptarse a estas nuevas formas de consumo para seguir siendo relevantes.
Sin embargo, creo que tampoco debemos perder nunca la perspectiva de la naturaleza de nuestro oficio, hermanado definitivamente con la palabra, como lo demostró con creces Mario Vargas Llosa, cuyo legado por la libertad –aunque no siempre estuviera de acuerdo con todas sus posturas políticas– también este premio honra este año. Escritor y periodista insoslayable para nosotros, Vargas Llosa es de manera unánime el gran arquitecto de esa palabra que no es efímera ante la fugacidad de los reels.
En medio de este torrencial de información por segundo, insisto que el periodismo debe adaptarse, pero tampoco debe olvidar seguir yendo a los lugares, escuchar y conversar con la gente y sus hechos. Tomarnos el tiempo para dimensionar, ponderar, analizar, para luego plantear información útil a las audiencias de manera honesta y transparente, porque no soy muy fan de la objetividad… Por ejemplo, ir a contar lo que las políticas antiinmigratorias de Donald Trump causan a los migrantes y los efectos directos que eso tiene en nuestra región centroamericana y latinoamericana, donde la influencia de Washington es capital.
Es lo que tratamos de hacer en DIVERGENTES, mi redacción, dispersa en varios países, incluido Estados Unidos. Siempre con recursos limitados, tratamos de hacer malabares para seguir frente a un contexto regional en descenso al autoritarismo y el proteccionismo tóxico. Por eso, y para ir terminando, quiero reconocer el trabajo de todo el equipo de DIVERGENTES, pero en especial a mis colegas cofundadores Néstor Arce y Carlos Herrera, que son parte de ese motor infatigable. También a Miguel Gutiérrez y Alicia Henríquez, jóvenes talentosos colegas y compañeros de exilio en Costa Rica. A mi pareja, Uri, quien disfruta el tedio de escucharme leer los primeros borradores de mis reportajes.
Antes de despedirme, quisiera también extender este galardón a mis colegas exiliados de El Salvador (ya son más de 40 este año), criminalizados por el populismo punitivo de Nayib Bukele. Un mandatario superpopular que, si bien desarticuló la violencia de las maras, ha adoptado de manera indefinida el Régimen de Excepción para machacar a sus críticos, violar derechos humanos y, por si no bastara, emulando a Ortega, reformó la Constitución Política de manera ilegal para reelegirse. No podemos llamarnos “libertarios”, por ejemplo, si justificamos logros en materia de seguridad frente al desmantelamiento de la separación de poderes, el Estado de Derecho, el derecho al disenso, la esencia misma de la democracia… La libertad, entendida en su más pura concepción, admite diversas miradas, pero no deformaciones ni contradicciones acomodadas a intereses particulares.
Tengo presente a mis colegas guatemaltecos, hondureños y hasta costarricenses, quienes tampoco se escapan de verbos estridentes, como el del presidente Rodrigo Chaves y sus adeptos, quienes han roto esa sensación de que la democracia tica era ajena al autoritarismo. Todos estos colegas que menciono son, en su mayoría, jóvenes que dirigen redacciones, que investigan, que reportean, que publican y resisten bajo amenazas, a pesar de que el exilio es un pasaje directo a la precarización del oficio, la angustia emocional, el quiebre familiar y la ruptura con nuestro origen.
El último año ha sido un dolor de cabeza con el desplome de la cooperación internacional, pero siempre estamos buscando cómo sortear los embates… y aunque nos digan “prensa canalla”, “chayoteros”, “vendepatrias” o “puerquita”, como acabamos de escuchar en un avión presidencial, seguiremos tercos en este oficio necesario, aunque no goce del aplauso fácil que reciben ciertos autócratas. Sabemos que son ofensas que comparten una misma motivación: la alergia al periodismo que desnuda y exhibe a los autoritarios. Esa es nuestra labor y nuestro compromiso con la democracia.
* Palabras de agradecimiento tras recibir el Premio Periodismo Joven Carlos Alberto Montaner, que entregó la Cátedra Mario Vargas Llosa al autor este 26 de noviembre en Ciudad de México.
ESCRIBE
Wilfredo Miranda Aburto
Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.