Carta desde la Isla del Amor, en un país bajo represión

El régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo rehabilitó la Isla del Amor, uno de los lugares favoritos de Anastasio Somoza García, el patriarca de la dictadura. DIVERGENTES visitó la isla previo al Día del Amor y la Amistad, porque es uno de los lugares turísticos que más se promueven, mientras el país sigue hundido en una crisis política y económica que lleva casi 4 años. El islote es una realidad paralela que, inútilmente, trata de disimular una Nicaragua mancillada por los dictadores


En algún momento de la noche yo quise permanecer más tiempo en la Isla del Amor. El grupo Karma tocaba un popurrí de baladas y las cervezas que me había tomado avivaron un poco más los colores del paisaje. La posibilidad de abstraerse de la realidad en un espacio que lo tiene casi todo en medio del lago Xolotlán de Managua es, quizás, hasta idílico. Es una sensación bien extraña: es como cerrar los ojos y querer creer que uno está en otro país, en uno en el que puede relajarse por unas horas, y no en esta Nicaragua sumida en una grave crisis sociopolítica, cuyo efecto más nocivo lo vimos este sábado con la muerte del histórico comandante Hugo Torres. 

Era algo que teníamos previsto, pero no por eso deja de ser extraño. A decir verdad fuimos buscando esas explicaciones: cómo el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo intenta crear burbujas o islas–la metáfora es más exacta– en un país bajo represión. Desde que este lunes 14 de febrero, Día de San Valentín, fue declarado asueto con goce de salario para los trabajadores del Estado, la renovada Isla del Amor se vendió como uno de los principales atractivos turísticos de Managua, la capital. En la página de facebook de la Empresa Portuaria Nacional (EPN), administradora de este lugar, se anunciaron actividades para todo este fin de semana largo. 

La Isla del Amor es una de las nuevas atracciones que vende el régimen, pero la población no ha respondido visitando el sitio. Divergentes.

La del viernes 11 de febrero se llamaba “hechizo de luna” y ofrecía zarpes desde las seis de la tarde. Nosotros llegamos pasadas las ocho de la noche, y zarpamos 50 minutos después. En el puerto Salvador Allende, uno de los principales emblemas turísticos del régimen, los restaurantes lucían vacíos. Algunos establecimientos estaban cerrados y otros tenían pocos visitantes ocupando mesas. A pesar de las luces, la música en vivo, el orden y la limpieza del lugar, la crisis económica en la que está el país desde hace cuatro años se siente en el ambiente. 

Al inicio éramos los únicos con intenciones de ir a la isla. Por eso, las trabajadoras del lugar nos dijeron que nos podían llevar en una lancha rápida y no en el barco, porque no les resultaba rentable por el costo del combustible. Minutos después llegaron tres personas más y ahí se decidió que iríamos en el barco Momotombito, un navío de tres pisos, con una terraza, música alta y luces de colores prendidas todo el tiempo. Pagamos $23 dólares por los boletos para dos personas. Este precio en el día incluye acceso a las dos piscinas y un tour de senderismo por el lugar. Nos dijeron que normalmente el barco va con entre 30 o 50 pasajeros, pero que esta noche harían una excepción y saldría con cinco. 

El afiche del gobierno que promociona la Isla del Amor. Divergentes.

El viaje dura una media hora hasta llegar a la Isla del Amor. Es luminosa y se puede apreciar casi desde que se empieza a navegar. Al llegar, unos trabajadores de la EPN dan la bienvenida en el muelle. Aún no sabemos por qué, pero a nosotros nos tomaron fotografías en cuanto pisamos tierra. De inmediato lo que se ve es una escalera empinada para llegar a la superficie plana de la isla, en donde está ubicado el restaurante Boleros, las piscinas y las áreas de juegos infantiles. También está una estatua erótica como símbolo y a la par un pozo de los deseos. 

En el restaurante el grupo Karma amenizaba la noche. Había unas tres mesas ocupadas, mientras algunas parejas caminaban tomadas de las manos por unas callecitas. Lo que sí se notaba eran a los trabajadores, meseros, personal de seguridad, y policías que, a falta de visitantes, sentados se sostenían las quijadas mientras miraban a los pocos clientes que llegaron. Es extraño que en un lugar diseñado para el disfrute muy pocos estén dispuestos a divertirse. O quizás no sea raro, sino un espejo de la realidad de un país roto, represivo. Quizás se extrañen porque les hablo en primera persona y no ven mi nombre en los créditos, pero es la única forma que tengo para contarles de la Isla del Amor sin sufrir represalias por parte del régimen.  

La sombra de Somoza

Mesas vacías el fin de semana previo a San Valentín en la Isla del Amor. Divergentes.

La isla tiene ese nombre por Anastasio Somoza García, el primero de la dictadura que mandó en Nicaragua entre 1937 y 1979. Antes era llamada Isla Pájaros, pero en enero de 1940 Somoza García escribió un artículo en el diario LA PRENSA explicando por qué le cambiaba el nombre a Isla del Amor. En el texto contaba la fábula de una pareja de indígenas de tribus rivales que se enamoraron y murieron durante una tempestad cuando intentaban escapar de la isla. Según el cuento, la trágica muerte de los enamorados hizo que las tribus rivales lograran la paz. Con este ejemplo, el dictador del partido Liberal intentaba convencer a sus rivales del partido Conservador para que limaran asperezas en ese momento.

Otras versiones más sensacionalistas sugieren que esta isla era uno de los lugares donde Somoza García llevaba a sus amantes. Lo cierto es que el dictador construyó una casa pequeña de madera, justo donde ahora está ubicado el restaurante Boleros. En las paredes colgaban hamacas y cuadros de pinturas; también tenía un jardín, donde pudo haber escrito aquel artículo de LA PRENSA en el que contó que en esta isla se refugió cuando sufrió paludismo. “Desde el primer momento sentí, al respirar este aire puro y delicioso, alivio reparador en mi cuerpo y mi espíritu”, escribió Somoza. 

Aunque no se pudo confirmar nunca si Somoza utilizaba la isla como su escondite de amantes, sí se sabe que le gustaba llevar a embajadores o amigos extranjeros. El dictador nunca negó los rumores de sus infidelidades en este lugar, pero se cree que lo hacía para mantener la imagen antigua del dictador mujeriego. 

Desde la muerte de Somoza García en 1956, la Isla del Amor quedó abandonada. Ninguno de sus hijos, Luis y Anastasio, la rehabilitaron, mientras la casa fue desmantelada al poco tiempo. Algunas familias se asentaron por algún tiempo en la isla, hasta que el régimen de Daniel Ortega hizo planes para reactivarla. El 23 de octubre  de 2021 fue inaugurada esta obra que cuenta con más de 20 mil metros cuadrados de área total, que incluye el restaurante, la zona de picnic, patio para camping, zona para hamacas, cabañas, ranchos, bar y piscina y otros 9 mil metros cuadrados donde hay vegetación. A la inauguración asistió Camila Ortega Murillo, hija de los mandatarios. “Estamos muy felices de inaugurar este espacio que gracias a la visión de nuestro comandante Daniel y la compañera Rosario se viene creando estos espacios”, dijo Camila. 

Ortega y Murillo, la pareja de mandatarios que han implementado un modelo político y económico similar al somocismo, ahora también rescatan los sitios favoritos del patriarca de los Somoza.

El retorno

Según trabajadores de EPN, en el ferry suelen viajar unas 50 personas, pero este fin de semana apenas iban pocas personas. Divergentes.

A las 11 de la noche empezamos a abordar el Momotombito para regresar al puerto Salvador Allende. Éramos unos 20 turistas, entre ellos algunos cubanos, que bajamos al muelle. Subimos hasta la popa del barco para sentarnos en la terraza, en el tercer piso, en la aleta de estribor. Los trabajadores también bajaron y zarpamos media hora después. Todo lo de la isla se cierra en ese momento, pero sus luces no se apagan. 

Era una noche fresca, apacible, con un cielo nublado, apenas roto por estrellas y una luna opaca. No existe la sensación de estar en la nada porque a lo lejos se ve el volcán Chiltepe, que se alza como una enorme mancha en medio de la oscuridad. También se ven los focos de los camiones en la Chureca, que fue uno de los vertederos a cielo abierto más grandes de Latinoamérica. Encima se ve que se extienden miles de luces que muestran que hacia la medianoche de este viernes, Managua no se ha apagado. 

Una ventisca hace más fresca la navegación. El ruido de los parlantes tampoco permite que uno pueda conversar, y eso hace que se experimente una especie de ensimismamiento. Un recogimiento a pesar de la bulla. Es quizás la misma sensación de regresar de un lugar donde se dice promover el amor, mientras en las cárceles se procesan y mueren presos políticos; mientras miles huyen del país porque son perseguidos o buscan mejores oportunidades; mientras se cancelan los sueños universitarios de los jóvenes; o se eliminan de un día para otro a las pocas organizaciones que ayudaban a los más olvidados. Es ver desde las aguas que en lo alto del cerro Motastepe se encienden las cuatro letras luminosas del partido FSLN, como un sello implacable sobre Managua. 

*El autor de esta crónica es un reportero de DIVERGENTES, pero por seguridad omitió su nombre.