Estimada presidenta Laura Fernández:
Primero quisiera contarle que solo una vez he logrado votar en mi vida. Fue en las elecciones municipales de 2008, cuando acababa de cumplir 16 años. Aquellos comicios marcaron el quiebre total del sistema electoral de Nicaragua: el primer gran fraude documentado por todas las vías posibles, desde los organismos de observación electoral internacionales hasta los basureros de la ciudad de León, donde trabajadores de los vertederos encontraron boletas marcadas y actas electorales a favor de partidos no sandinistas.
Nunca más volví a votar, porque nunca más volvieron a existir condiciones para elecciones transparentes en Nicaragua. Nunca más pude ejercer ese derecho cívico fundamental que los costarricenses gozan como parte esencial de su democracia. Por eso, cuando escuché lo que usted dijo —que los nicas hemos tenido el “Gobierno que hemos elegido tener”—, me quedé pasmado. Atónito. Si en las elecciones más recientes de 2021 todos los candidatos opositores fueron arrestados… Volví a ver varias veces la entrevista que usted le dio a la cadena NTN24, tratando de entender si realmente había dicho eso con toda intención. Y fue después de un tiempo, cuando pasó el primer golpe de indignación, que me sentí, más que enojado, desprotegido.
Señora presidenta, soy periodista nicaragüense. Vivo exiliado en Costa Rica desde 2021, aunque antes, en 2019, tuve mi primer exilio en su país. Por eso, la tierra que a usted la vio nacer, y a la que ahora llamo mi hogar, es también la que me refugia. Amo a Costa Rica porque, a través de su sólida tradición democrática, ha acogido a miles de nicaragüenses que huimos de la brutal represión de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Una represión que no solo se extiende hasta después de la muerte, como vimos recientemente con el secuestro del entierro del líder indígena Brooklyn Rivera, sino que cruza sin pudor las fronteras ticas para asesinar a opositores como el mayor Roberto Samcam, en San José.
Cuando usted, presidenta Fernández, dice que nosotros elegimos a esa dictadura dinástica que mantiene secuestrado a mi país de origen, atropella la dignidad de todos los que se oponen y han sufrido la crueldad superlativa de dos copresidentes señalados por Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como responsables de crímenes de lesa humanidad. Dos copresidentes que asesinaron a más de 350 personas con disparos letales en 2018, exiliaron a casi el 9% de los ciudadanos del país e impusieron una tiranía donde el menor disenso, o simplemente pensar diferente, sea por política o por religión, se paga con prisión, muerte, destierro, confiscación o el despojo de nuestras nacionalidades. Un barbarismo oscurantista que usted, presidenta, tiene al norte de su administración, muy cerca.
De modo que, disculpe, presidenta, cuando usted obvia olímpicamente dicha brutalidad desde su alta investidura presidencial, no solo provoca decepción y preocupación por tanta estulticia política, sino que pone de manifiesto cuestiones cruciales tanto para los ticos como para los nicas que vivimos refugiados en Costa Rica.
Pero déjeme empezar primero con lo segundo: con los nicas refugiados. Sus declaraciones nos alarman porque, desde el gobierno anterior, el de su mecenas político Rodrigo Chaves, las condiciones de seguridad para nosotros han desmejorado de forma dramática. Algunas instituciones ticas muy abiertas, como Migración, comenzaron a alejarse. Otras, como la Presidencia, a ensordecer, cuando, por ejemplo, se les advirtió que extraditar al opositor Douglas Gamaliel Pérez Centeno significaba enviarlo derechito a una prisión política. Eso fue exactamente lo que sucedió… desde 2024 se encuentra en desaparición forzada por ocultamiento de paradero en Nicaragua.
Tampoco es un secreto el desdén que la Dirección de Inteligencia y Seguridad (DIS) tuvo con Roberto Samcam cuando les contó que estaba siendo amenazado de muerte. Una historia que todos, por lo trágico que es ser baleado en la puerta de tu casa del exilio, conocemos. De modo que, al escucharla decir que mantiene “relaciones armoniosas” con unos criminales de lesa humanidad, esa certeza que los perseguidos políticos tenemos, basada en el historial democrático y solidario de los ticos, se tambalea a unos niveles insospechados.
¿Seguiremos gozando de la protección internacional que el Estado de Costa Rica, solidariamente, nos ha otorgado? ¿O estamos ahora más propensos a ser extraditados quienes hemos sido catalogados por el régimen Ortega-Murillo como “prófugos de la justicia” por razones netamente políticas? ¿O nos anularán la categoría de refugio por criticarla, señora presidenta?
Quizá le parezcan preguntas exageradas, pero quienes conocemos las entrañas del autoritarismo sabemos que nunca es prematuro prever. Espero que no haya respuestas afirmativas para mis preguntas, compartidas por miles de exiliados en su país, en especial porque Costa Rica todavía goza de balances y contrapesos que mantienen a flote una democracia que, desde hace algunos años, suele tener más peros.
En segundo lugar, para los ticos: más allá de que este pueda haber sido un “desliz” de la señora presidenta, o “un amateurismo político”, como lo catalogó el investigador del Diálogo Interamericano, Manuel Orozco, debería ser un campanazo de alerta. Sobre todo porque intentar potabilizar a una dictadura tan descarada como déspota genera suspicacias sobre lo que usted, presidenta, entiende por principios democráticos.
Es decir, si elogió a la Nicaragua de la dictadura copresidencial, ¿qué esperar frente a Nayib Bukele, quien si bien en El Salvador ha desarticulado a las maras y mejorado la seguridad, también ha desmontado instituciones democráticas hasta reformar la Constitución para habilitar su reelección ilegal? Eso, sin mencionar los casos de exilio de periodistas y presos políticos salvadoreños, como Ruth López. ¿Acaso eso es lo que persigue el proyecto político que usted comparte con su ministro de Hacienda? Porque si es así, los hermanos ticos, desde ya, deberían empezar a hacerse preguntas. Y, en estos casos, nunca es prematuro.
En ese sentido, señora presidenta, esgrimir que “Nicaragua goza de estabilidad económica” —algo que es cierto a medias, y que podemos abordar en otro artículo— para suavizar una dictadura totalitaria es, cuando menos, desafortunado. Entiendo que quiera cuidar a Costa Rica ante la posibilidad de que los Ortega-Murillo se enojen desde el hígado ante una crítica, como suele hacer Rosario Murillo, y cierren las fronteras nicas al tránsito comercial. En especial, cuando Nicaragua sigue siendo uno de los mercados más importantes para las exportaciones ticas. Pero para eso está la compleja danza de la diplomacia, para proteger los intereses de su pueblo, sin ofender de una manera tan desatinada a otro que, debería saberlo presidenta, ha sufrido demasiado.
Por otro lado, usted que presume mucho de su relación cercana con el gobierno del Presidente Trump, esas declaraciones sobre Nicaragua contradicen de manera rampante lo que esa administración republicana hace contra Managua. Mientras Marco Rubio califica a los Ortega-Murillo como “un desafío para la estabilidad hemisférica”, usted los avala de manera pública.
Costa Rica aún es estandarte en la región de la democracia y de la defensa a ultranza de los derechos humanos, señora presidenta. Y defender esas dos ideas universales requiere coraje ante la marejada del autoritarismo que ahoga Centroamérica. De modo que queda en usted, presidenta, decidir si será rompeolas o parte del tsunami que acaba con la democracia en la región.
Que tenga un buen día, señora presidenta Fernández.
ESCRIBE
Wilfredo Miranda Aburto
Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.