Wilfredo Miranda Aburto
22 de octubre 2025

Entre la eventual salida del CAFTA y la alta posibilidad de “comer mierda”

Foto archivo de EFE.

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“Si nos quitan el CAFTA, yo me voy del país”, me dice un joven emprendedor que depende de la conexión directa que Nicaragua mantiene con Estados Unidos para sostener su negocio. “Es que quienes vamos a comer mierda somos nosotros; ellos no, porque están arrimados con los chinos y los rusos, y tienen sus negocios con ellos. Pero, ¿uno qué saca de los chinos? Nada”, remata con resignación, luego de conocer la noticia de que Estados Unidos baraja sacar a Nicaragua del tratado de libre comercio y aplicar aranceles del 100 % por las políticas y prácticas del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, consideradas “irrazonables” y una “carga al comercio estadounidense”.

Como hemos explicado en innumerables ocasiones en DIVERGENTES, el temor de este emprendedor tiene fundadas razones. Desde que se empezó a implementar el DR-CAFTA en 2006, Estados Unidos se convirtió a todas luces en el principal socio comercial de Nicaragua. Y resultó muy fácil: por razones de cercanía geográfica, la relación compleja y cercana que ambos países siempre han tenido, pero que terminó por afianzarse en el pasado con la gran diáspora nica establecida en los diversos estados, en especial Florida y California. De allí provienen, a borbollones, remesas familiares que son pilares fundamentales de la economía. 

Pero sobre todo, el tráfago comercial y la inversión extranjera directa de Estados Unidos en nuestro país son más de la mitad del alma de la economía nacional. El dato duro: un 55 % de nuestras exportaciones van hacia el norte. En casi veinte años, el DR-CAFTA moldeó la economía nicaragüense hasta volverla dependiente del mercado norteamericano. El tratado se volvió sinónimo de estabilidad: garantizó exportaciones, mantuvo a flote la maquila y multiplicó el flujo de divisas. Pero esa misma dependencia hoy se convierte en la mayor vulnerabilidad de un régimen dictatorial que no deja de despotricar contra “el imperialismo”, mientras por debajo de la mesa ha pasado haciendo negocios con él. Con la investigación abierta por la Oficina del Representante Comercial (USTR) y la posibilidad real de suspender los beneficios del acuerdo, el país enfrenta un escenario que podría romper el único puente que aún lo conecta con el mundo occidental.

Llegamos a este punto porque la pareja copresidencial, desde 2018, no ha cejado en su afán dinástico y de sucesión. Ha dinamitado todo intento de entendimiento hacia una eventual transición democrática: asesinó a 355 personas, encarceló a miles, torturó, exilió, purgó y ha reformado un sinfín de veces la Constitución Política a la medida de unas ansias desmedidas de marchitarse y morir en el poder. Una presidencia sostenida por el matonismo político y la represión sistemática, que hoy enfrenta el costo económico de su propio aislamiento. Porque Estados Unidos, después de sancionar a sus operadores políticos y negocios, creo que entendió que estos regímenes pueden esquivarlas. 

Preparando recomendación…

De modo que el Gobierno de Joe Biden, en su recta final, abrió esta investigación que ahora hereda el segundo mandato de Donald Trump. El republicano tendrá en sus manos decidir qué hacer con Nicaragua, pero también sortear los miedos perennes que frenaron durante años el cierre del chorro comercial hacia Managua: asfixiar la economía nicaragüense podría provocar una nueva ola migratoria hacia el norte, justo lo que la administración Trump combate. En fin, es la encrucijada central que la USTR ha puesto sobre el escritorio de la Casa Blanca.

Ahora solo es cuestión de tiempo para saber cuál será el futuro de esta relación comercial vital… y del joven emprendedor: si se queda o se va del país. ¿Se imaginan a este joven emprendedor sin poder tranzar con bancos occidentales? ¿Usando una tarjeta MIR (el sistema de pago nacional de Rusia, creado como alternativa a Visa y Mastercard) y no poder comprar en Amazon? ¿Se imaginan eso para ustedes?

A sabiendas de lo desastroso que podría resultar la salida de Nicaragua del DR-CAFTA, nadie desea que eso suceda por el impacto que tendría… por ejemplo, en los casi 135 mil empleos que perdería nuestro flaco sector formal. Los miles de obreros de las maquilas que no tienen más opción en Nicaragua que permanecer atados, casi de por vida, a una máquina de coser. Los que trabajan en la industria del oro, el café, la carne y un etcétera nutrido. El golpe al consumo de los hogares que hoy apenas pueden costear la canasta básica. El PIB se contraería un 4 % en dos años sin el tratado de libre comercio, y el gasto social del régimen —salud, educación y los servicios más neurálgicos— se vería profundamente afectado.

Tendremos más impuestos sangrones porque se acabarían los ahorros nacionales en un año. Vamos directo a la recesión económica. Y la culpa, hay que decirlo con todas sus letras, es de una pareja de ancianos codictadores a quienes no les importa “gobernar un cementerio”, como dice mi colega Álvaro Navarro, mientras sigan aferrados al poder que les garantiza despilfarro e impunidad.

Entre la eventual salida del CAFTA y la alta posibilidad de “comer mierda”
Rosario Murillo y Daniel Ortega despidiendo de Managua al embajador de China, en pleno acercamiento con Pekín. Foto tomada de Presidencia.

Es mentira que China —ni mucho menos Rusia, atrapada en su invasión criminal a Ucrania— pueda suplir el papel de Estados Unidos como aliado y permanente salvavidas comercial de Nicaragua. Por múltiples razones, pero empezando por la más elemental: la enorme distancia que nos separa de Pekín y Moscú. Y los datos del propio Banco Central lo confirman. Desde que los Ortega-Murillo firmaron un tratado comercial con China en 2023, las exportaciones hacia ese país sumaron apenas 47,2 millones de dólares, lo que representó solo el 1,1 % de las exportaciones totales de Nicaragua en ese año. A la postre, con ese tratado, los chinos tienen más ventajas alevosas sobre Nicaragua. Los chinos están arrinconando a los pequeños y medianos comerciantes nicas con su invasión de tiendas y hasta discotecas 

En contraste, de acuerdo con cifras oficiales del Ministerio de Fomento, Industria y Comercio (Mific), las exportaciones de Nicaragua a Estados Unidos alcanzaron 3.242,7 millones de dólares entre enero y octubre de 2024 y superaron los 4.300 millones al cierre del año. Las importaciones desde Estados Unidos rondaron los 2.000 millones de dólares. No quiero llenar de cifras esta columna, pero repito lo que me dijo aquel joven emprendedor, porque creo que lo resume todo: quienes “comerán mierda” si Nicaragua es expulsada del DR-CAFTA son los ciudadanos y empresarios nacionales. 

Esperemos no ver a empresarios haciendo lobby para intentar que Trump no saque al país del DR-CAFTA, porque cuando lo hizo AMCHAM quedó demostrado que de nada sirve. El régimen decapitó a la Cámara en agosto de 2024, una prueba irrefutable de que el juego del rehén —o la pose de ser inofensivo “porque no me meto en política”— no protege a nadie. Solo recuperar la democracia y la institucionalidad protegerá a los empresarios, pero también a todos los que aspiramos a un cambio democrático en el país. 

Es una hora crucial para todos. No se trata de darle más escapatorias fáciles a una pareja de obstinados dictadores, sino de asumir que este vaivén no puede seguir alargándose. O ceden, o nos arrastrará a todos esta debacle económica que sería devastadora. La suspensión del CAFTA-DR por violaciones a derechos humanos pondría a Nicaragua frente a su mayor vulnerabilidad económica en dos décadas. No habrá ideología que la salve del hambre ni de la miseria. Ni un dictador que presume de ser un abuelo cariñoso o una dictadora que habla de una paz vacía, con el fusil debajo del vestido kitsch.

Todo lo decente y lo político por intentar una transición ya se ha empleado. Ahora le toca el turno capital a la frase que patentizó James Carville durante la campaña presidencial de 1992 en Estados Unidos: “Es la economía, estúpido”. Porque, al final, ni la represión ni la propaganda pueden sostener por siempre a un país cuando la economía naufraga. En los años ochenta el país lo vivió: comió mierda y los sandinistas cayeron. Y los codictadores lo saben, al menos más Ortega, que tendrá —o alguna vez tuvo— más pragmatismo que su mujer, una sociópata incontenible.

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Wilfredo Miranda Aburto

Es coordinador editorial y editor de Divergentes, colabora con El País, The Washington Post y The Guardian. Premio Ortega y Gasset y Rey de España.