“¿Quién le da la leche a tu hijo ahora?” Los interrogatorios inquisidores del régimen

Los interrogatorios del régimen de Ortega-Murillo en las prisiones parecen capítulos de la Inquisición, en los que a través de métodos de tortura psicológica, o tortura blanca, buscan un cambio ideológico en los presos políticos. En ellos están presentes amenazas, violencia verbal y un despliegue de frases propagandísticas con el fin, según las fuentes consultadas para este trabajo, de hacer un lavado de cerebro, inducido por el miedo

Ilustración de Divergentes.

Suyen Barahona, quien al momento de su detención, en junio de 2021, era presidenta de la Unión Democrática Nicaragüense (Unamos, antes Movimiento Renovador Sandinista, MRS), recuerda que su último interrogatorio fue después de diciembre de 2022. Ya estaba condenada bajo el delito de “traición a la patria”, por lo cual no le encontraba sentido a la continuidad de esas sesiones. Anteriormente vivió decenas de situaciones parecidas. No tiene recuerdos de cuántos concretamente, porque al inicio de su encarcelamiento eran diarios y a diversas horas del día.

“Cuando me apresaron eran interrogatorios intensos, sobre todo pedían nombres de miembros del partido, de cómo funcionaba y de las comunicaciones. Ellos también quitaron el sigilo bancario y me cuestionaban sobre mis cuentas personales. Muchas preguntas sobre los periodistas que me entrevistaron, de cómo me comunicaba con ellos”, remarca la activista también desterrada por el régimen. 

La sala de interrogatorios de El Chipote, según la describen los entrevistados para este reportaje, no supera los poco más de tres metros cuadrados. Tiene aire acondicionado y una iluminación blanca. Dentro sólo hay dos sillas y un escritorio, que separa al interrogado del interrogador. Ningún detalle destaca en ellas. Lo extraño para algunos de ellos era la alfombra que cubría el piso. La temperatura del aire dependía de los gustos del inquisidor: a veces era más fuerte y otras no tanto. Sin embargo, el choque entre las altas temperaturas de la celda y las bajas de la oficina de interrogatorios era siempre evidente.

En el caso de Suyen, había otro ingrediente particular en todas las sesiones: el régimen quería vincularla con todos los presos políticos que eran arrestados. Muy acorde a la narrativa oficial que culpa al Movimiento Renovador Sandinista (MRS, hoy Unamos) de ser los principales “financistas” de lo que la dictadura tacha de “intento de golpe de Estado”. 

“Había un gran énfasis en dejar evidencia de que hubo un intento de golpe de Estado. Lo absurdo es que eran interrogatorios sobre mis declaraciones públicas, videos en Facebook y en WhatsApp”, agrega. 

Las sesiones se asemejaban más a un intento de lavado de cerebro. “Querían que nosotros cambiáramos de opinión sobre el régimen. Eran muchísimas conversaciones de mi persona sobre por qué yo no estaba de acuerdo con las situaciones que existían en el país, y por qué estaba demandando que hubiera respeto a los derechos humanos”, relata Suyen.

Le mencionaron que en el país había paz desde que estaban presos y que ellos eran los desestabilizadores, no la dictadura. En otras ocasiones, la torturaban con su maternidad. Una vez le preguntaron: “¿Quién le estará dando leche a tu hijo?”, y que “por andar protestando y metiéndose en política estaban separados” y que “el niño sufría por su culpa”. 

“Los interrogatorios estaban plagados de un machismo terrible, de misoginia, de mucha homofobia. Recuerdo que, en uno, me dijeron que yo tenía suerte de no estar en Afganistán, porque fue en el periodo que Estados Unidos se retiró. Según él, yo tenía que agradecer no estar en ese país, porque si Nicaragua fuera Afganistán y fuera, como yo decía, una dictadura, ya me hubieran apedreado”, narra la activista.

En otra ocasión, una mujer, que fungía como interrogadora, le dijo que “si este fuera el tiempo de Somoza, vos estarías con las piernas abiertas”.

La “tortura blanca” es un método que el régimen Ortega-Murillo afinó, desde 2021, en la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ), conocida también como “el nuevo Chipote”. Consiste en no dejar ninguna evidencia física, pero sí psicológica. Se somete a los presos políticos a un aislamiento e incomunicación total, hasta llevarlos a la desorientación y a los límites de la locura. Algo que han empleado contra las personas detenidas desde el principio de las protestas de abril de 2018. 

La presa política en el destierro, Suyen Barahona. Foto: Miguel Andrés | Divergentes.

“Si quiero, borro a tu mamá y nunca la volvés a ver”

Asegura que los recuerda todos. Cada uno de los interrogatorios a los que fue sometido, durante los 1,093 días que estuvo en prisión Kevin Solís, de 24 años, están en su memoria. Lo que no recuerda con precisión son los días y las horas en las que tuvieron lugar, ni siquiera los meses, porque perder la noción del tiempo fue parte de la tortura. De uno de los últimos, sabe que era por la tarde; que estaba en ropa interior dentro de su celda en “el infiernillo”, como llaman los reos a una sección de aislamiento en la cárcel “La Modelo” del Sistema Penitenciario Nacional de Nicaragua. Un lugar de máxima incomunicación en estas instalaciones de máxima seguridad. Le llaman así por las altas temperaturas que en esta área de la cárcel se percibe, y que la convierten en tétrico sauna. 

Los funcionarios entraron a la celda, lo orillaron a una pared, le colocaron las esposas y lo trasladaron a un salón de interrogatorios. 

–¿Sabés por qué estás aquí?– le espetó un interrogador dentro de la oficina.

–No sé. 

–¿No sabés?– el funcionario soltó una bofetada–. ¿Querés saberlo?

Kevin no respondió.

“Lo primero que te dicen es que su trabajo es poner orden, que ellos no le tienen perdón a nadie, que nosotros quisimos desestabilizar el país y que ahora nos queremos dar de patriotas”, narra Kevin por vía telefónica, en una tarde de finales de febrero, desde Estados Unidos, en libertad pero compartiendo la misma situación junto a 221 presos políticos que fueron desterrados de Nicaragua a dicho país por la dictadura de Ortega y Murillo el 9 de febrero. 

–¿Sabías vos que, si quiero, borro a tu mama y nunca la volvés a ver?– soltó el agente en esa sesión. 

En ese instante, Kevin no podía responder. 

–Aquí vos sos privilegiado. Decime, ¿qué te falta?– argumentó el inquisidor. Y el preso ya no pudo aguantarse, así que contestó: 

–Llamadas, sol, libros… Lo que todo el mundo tiene derecho– respondió el joven en un momento de adrenalina. 

–Eso solo es para personas, y ustedes no son personas.

El sistema penitenciario utiliza el eufemismo de “entrevistas” para referirse a los interrogatorios. Sin embargo, tiene todas las características de una tortura psicológica violatoria a las “Reglas Mandela”, que prioriza la dignidad humana de los privados de libertad. El reo de conciencia no tiene espacio para responder, así que los encuentros se convierten en monólogos repletos de amenazas hacia ellos y sus familias. 

“Al final”, relata el joven, “trataba de no responder. Luego, venía la parte en la que te recordaban que el comandante había dicho que nosotros éramos unos hijos de perra. Tenés que quedarte callado porque te están ofendiendo de una manera muy fea”, agrega. 

La sesión continuaba con amenazas hacia él, para luego caer a un discurso con tintes propagandísticos, una especie de diatriba en la que el interrogador mencionaba los “logros del comandante Daniel y la compañera Rosario”. Por ejemplo, en ese momento, el funcionario de la dictadura le dijo que la economía de Nicaragua estaba fortaleciéndose. “Tenemos un gran nivel de producción agrícola e industrial”, aseguró. 

“Según ellos Ortega nos está dirigiendo por el mejor camino económico que existe”, amplía Kevin. Debido a que el tiempo en prisión no se percibe de la misma manera que en libertad, no recuerda en qué momento sucedió esa conversación, pero por los indicios del testimonio, tuvo que ocurrir cuando Ortega, tras adjudicarse las elecciones sin competencia de noviembre de 2021,  llamó “hijos de perra del imperialismo” a los presos políticos

Para Kevin no existen dudas de que los mensajes que el máximo líder del sandinismo deja caer en sus discursos, soporíferos pero cargados de violencia, son la única fuente de la que se nutren los interrogadores de las cárceles del país que albergan a presos políticos. De ese modo, las preguntas no buscan nada más que repetir los insultos o difamaciones vertidas por los Ortega-Murillo. Ellos les sirven de guión a los interrogadores, fabricando, de la nada, el supuesto delito o la acusación. Todo ello también confirma que muchos de los presos políticos, a pesar de estar condenados por “delitos comunes” en La Modelo, seguían siendo interrogados como parte de la tortura blanca a la que la dictadura los sometía. 

Kevin, quien también es familiar de la abogada y activista Azahálea Solís –integrante de organizaciones de oposición–, fue arrestado el 6 de febrero de 2020, tras participar en una manifestación en la Universidad Centroamericana (UCA). Tras la represión contra los manifestantes, la UCA se convirtió en un importante bastión para estudiantes universitarios. Kevin era uno de los que participaba en la organización de los piquetes. En ese momento, el régimen no había diseñado aún leyes como la Ley de defensa a los derechos del pueblo, que introdujo el delito de “traición a la patria”, así que la dictadura revestía los casos políticos con delitos comunes. En su caso, fue declarado culpable de robo agravado contra un simpatizante sandinista. Otros, que fueron encarcelados en la misma época, fueron acusados de narcotráfico y portación de drogas. 

Kevin empieza a reconstruir su vida en San Francisco, ciudad en la que ha conseguido un trabajo en una fábrica de insecticidas. Hasta ahora, solo ha logrado reunirse con su hija de cuatro años. 

“¿Quién te paga la universidad?”

Ilustración de Divergentes.

Al estudiante universitario John Cerna lo encarcelaron el 28 de febrero de 2020 por manifestarse contra el régimen, en la Universidad Centroamericana (UCA), donde cursaba su carrera. Antes, estudiaba en una universidad estatal. Por ese motivo, la pregunta del oficial que le interrogaba siempre era la misma. No entendía cómo había pasado de estudiar en una universidad pública a otra privada. La insistencia daba lugar a las hipótesis que los interrogadores querían imponer: que John había recibido dinero para desestabilizar al país y que ahora –según ellos– “se daba una buena vida”. 

“Que cuánto había recibido del dinero que le dio USAID a la Alianza. Como llevaba una vida austera, para ellos no encajaba”, manifiesta desde Texas, Estados Unidos. También forma parte los presos políticos desterrados por la dictadura. 

La acusación que el régimen le endosó fue “tráfico de drogas”. Los oficiales vaciaron de su mochila sus útiles de estudiantes y la rellenaron de drogas. Así, relata, construyeron las pruebas en su contra. Lo sentenciaron a 12 años de cárcel. Cuando fue liberado, el régimen admitió de facto que la causa de su detención fue política y que, por tanto, habían fabricado las pruebas en su contra. Los interrogatorios tuvieron lugar tras su detención. 

Los primeros fueron en El Chipote. John no recuerda cuántos. Sus recuerdos parecen en ciertas ocasiones difusos por la experiencia carcelaria. Luego, al ser procesado, fue trasladado a La Modelo. Ahí no fue interrogado, pero se dio cuenta que utilizaban a los presos comunes para sacarle información. Ellos funcionaban como informantes de los oficiales dentro del penal. John lo empezó a notar a través de las preguntas constantes que algunos de ellos le hacían en días específicos de la semana. 

En una de las ocasiones que estuvo en El Chipote, un interrogador le dijo que él era de la Contra, que hablara sobre sus planes para desestabilizar al régimen. Todo debido a que su apodo, “Tigrillo”, el mismo que utilizaba un antiguo jefe de los contrarrevolucionarios a finales de los años ochenta. John no sabía de su existencia hasta que los interrogadores lo relacionaron con él. El apodo de John se remonta a su adolescencia, cuando formaba parte de los Scouts. El origen de su apodo responde a que cada integrante de los Scouts debe ser identificado con un animal. A John le tocó el tigre, pero en una de esas, por ser escuálido, uno de sus compañeros le dijo: “ese no parece tigre, parece tigrillo”. 

Cuando le insistían sobre el supuesto dinero que recibía y sobre cómo era posible que estudiara en una universidad privada, él les respondía que entró a la UCA, con mucha dificultad: “No tengo dinero; si yo estuviera recibiendo reales no estaría viviendo en un cuarto tan palmado como ese en el que vivía”, relata el joven. 

La verdad que determina el verdugo

El preso político en el destierro, Yubrank Suazo. Foto: Wilfredo Miranda Aburto | Divergentes.

En El Chipote, a Yubrank Suazo, miembro de la Alianza Cívica, sentenciado el 27 de julio igualmente por “traición a la patria”, le preguntaron qué pasaría si “el comandante Daniel” decidiera dejarlo libre. “Ese sería un gesto de buena voluntad; que el Gobierno del comandante quiere arreglar la situación”, le dijo su interrogador en una de las sesiones. Suazo respondió: “Pudiese ser que fuera un gesto de buena voluntad, pero el objetivo principal es pretender callar y agradecer por algo que nunca debió de pasar”.

Suazo estuvo 267 días en prisión y fue sometido a decenas de interrogatorios. Es difícil determinar a cuántos concretamente fueron expuestos los presos políticos debido a que no eran una rutina establecida. Es decir, había semanas en que eran diario, otras en que solo salían dos veces de sus celdas para ser interrogados. Podían ser en la tarde o en la madrugada. Todo para él era muy aleatorio. Ahora, desde su destierro en Washington, analiza aquellas sesiones: “Creo que había un querer imponer su narrativa, hacer un lavado de cerebro, abordar los avances que han habido durante el periodo de la dictadura y, de esa manera, encauzar a un cambio de posición y al mismo tiempo de humillación”, explica Yubrank por vía telefónica.  

Para el abogado y defensor de derechos humanos, Gonzalo Carrión, integrante del Colectivo Nicaragua Nunca + todos estos relatos entran en las definiciones internacionales de tortura. “Tiene un propósito y es hacer que la persona diga lo que el torturador quiere que diga, o acepte lo que él le impone. En ese sentido, se intenta demostrar una verdad determinada por el verdugo”. Estas definiciones van a más acorde a la visión clásica de los inquisidores, quienes se encargaban de castigar delitos ideológicos y teológicos de aquellos que cuestionaban los dogmas de fe.


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