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Hay contactos “sin negociación” y presión creciente de Estados Unidos sobre Rosario Murillo

Tras el fracaso de la misión diplomática de Dennis Moncada en Washington como encargado de negocios, el régimen Ortega-Murillo retomó “contactos” con Estados Unidos a través de Laureano Ortega y el cocanciller Valdrack Jaentschke. Fuentes estadounidenses aseguran que “no hay negociación”, pero sí señales de presión centradas en el cese de la represión y en temas migratorios. En este nuevo escenario, marcado por la captura de Nicolás Maduro y las negociaciones actuales con Cuba, Washington refuerza sus críticas sobre Rosario Murillo como figura central del poder, pero sin certezas sobre los tiempos ni una acción específica.

El Secretario de Estado, Marco Rubio, le dice algo al oído al presidente Donald Trump. Foto de archivo de EFE.

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A principios de diciembre de 2025, cuando el despliegue militar de Estados Unidos en aguas del Caribe venezolano entró en su fase más agresiva, con la incautación de buques petroleros y el bombardeo de más supuestas narcolanchas, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo nombró en Washington como encargado de negocios de Nicaragua a uno de sus funcionarios de más alto nivel de lealtad, el cocanciller Dennis Moncada Colindres, para timonear una misión diplomática compleja: esquivar y, en la medida de lo posible, neutralizar las presiones de la administración de Donald Trump sobre el sandinismo, entonces centradas en la suspensión o no de Managua del tratado de libre comercio CAFTA. 

Aunque el régimen copresidencial consiguió un respiro con el CAFTA, después que Trump decidió un golpe quirúrgico con la imposición de aranceles graduales a productos fuera del tratado comercial, en términos generales la misión diplomática de Moncada se estrelló, según fuentes estadounidenses consultadas durante meses por DIVERGENTES. Lo que dinamitó la pretensión de los Ortega-Murillo de capear presiones más amplias de la administración republicana fue un hecho que reconfiguró todo el tablero regional, ocurrido la madrugada del tres de enero: la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. 

Moncada propuso a Washington mayor cooperación en materia migratoria, algo que el régimen copresidencial ya había venido haciendo desde meses atrás con el recibimiento en silencio de vuelos de deportados en Managua. Sin embargo, Estados Unidos le dijo al cocanciller que el tema migratorio ya lo tenían resuelto con base en la feroz política antimigratoria impulsada por la administración Trump. 

Otro de los ofrecimientos que Moncada hizo fue restablecer y reforzar la cooperación en el combate al narcotráfico, meses después de que la Administración de Control de Drogas, conocida por sus siglas en inglés como DEA, dijera que Managua no cooperaba en esa materia y hasta anunciara su retiro de Nicaragua. El funcionario sandinista encontró otro pero de parte de Washington. Le dijeron que esa cooperación debía existir sí o sí, porque de lo contrario era otro tema que podían resolver con bombas, como en el Caribe venezolano.

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Con el nuevo panorama impuesto en Venezuela, ante la cooperación cada vez más clara de Delcy Rodríguez en Venezuela tras la captura de Maduro, la pareja copresidencial decidió que la misión de Moncada en Washington debía terminar. A finales de enero de 2026 lo removieron del cargo de encargado de negocios y lo devolvieron a Managua. Fueron días de mucho nerviosismo en el núcleo familiar de El Carmen, donde Murillo tomó las riendas. La copresidenta ordenó arrestos preventivos, reforzó al máximo la vigilancia familiar y ajustó el aparato represivo, mientras bajaban al mínimo su retórica antimperialista, incluso sin nombrar al presidente republicano. 

“Hay contacto, no negociaciones”

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El Secretario de Estado Marco Rubio ha dicho que Nicaragua es una de las prioridades de la administración que representa. Foto de EFE.

En paralelo a las gestiones de Moncada, a principios de enero, Estados Unidos nombró como encargado de negocios interino a Elias Baumann, quien prometió “protección a las libertades fundamentales”. Con el cocanciller en Managua y el panorama venezolano más claro, tras una transición tutelada por Trump y el secretario de Estado Marco Rubio, los Ortega-Murillo retomaron “contactos” con funcionarios norteamericanos, en un contexto en el que, a través de declaraciones oficiales de funcionarios de la administración Trump, y hasta de congresistas, han insistido en que Nicaragua no es un socio, ni amigo. 

Esa retórica ha sido teñida de un matiz muy llamativo: la personalización de las críticas en la figura de la copresidenta Murillo, percibida en este momento en Washington como el poder real, por encima de un Ortega envejecido y menguante. 

“Sí han existido contactos con Estados Unidos por parte del régimen. Los han encabezado el otro canciller, Valdrack Jaentschke y Laureano Ortega”, dice una fuente conocedora de los encuentros. “El problema es que los nicaragüenses creen que cualquier contacto es negociación y no hay negociación alguna en este momento”, dice a DIVERGENTES. “Después de lo que le dijeron a Moncada en Washington, Estados Unidos lo que está enviando son señales, demandas en general, como el cese de la represión como forma de prueba de la comunicación”. 

Sin embargo, la fuente sostiene que Murillo ha respondido “con ambigüedades o rollos corteses sin compromisos”. El caso más reciente es la desaparición forzada de Brooklyn Rivera, por quien el Departamento de Estado emitió una alerta de preocupación y está, según fuentes de esa institución, “a la espera de una respuesta”. No obstante, el régimen sandinista ha hecho caso omiso al no dar una fe de vida del líder indígena encarcelado por razones políticas. 

“En esas reuniones puntuales, que de nuevo no son una negociación en sí”, continúa relatando la fuente cercana al entorno estadounidense, “se han tratado aspectos puntuales como el tema migratorio, que produjo la formalización de requisitos de visas para varios países en febrero, incluida para cubanos que usaban Managua como trampolín migratorio hacia Estados Unidos. Se ha pedido la liberación de todos los presos políticos y Valdrack y Laureano lo apuntan, pero no se cumple concretamente”. 

En resumen, agrega la fuente consultada, Murillo ha hecho concesiones ante las sugerencias estadounidenses un tanto a regañadientes, ya que la administración Trump mantiene una serie de acciones de presión, como la investigación iniciada por Representante Comercial de los Estados Unidos (USTR), bajo la Sección 301 sobre las políticas de Nicaragua relacionadas con derechos laborales, derechos humanos y el estado de derecho.

Washington también ha sumado la suspensión de visas y sanciones contra funcionarios del entorno copresidencial, la más reciente la del director de Máxima Seguridad de la cárcel La Modelo, Roberto Clemente Guevara Gómez, cuyo amonestación fue designada por el propio secretario Rubio.

Con Murillo, “nada”

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La copresidenta Rosario Murillo en una foto tomada de Presidencia.

“Hay una modificación de la retórica hacia Nicaragua, acompañada de una demanda más clara de cese de la represión. También se está incorporando el señalamiento de sus relaciones con Estados considerados malignos (China, Rusia, Irán) y el uso de la migración como herramienta política. Todo esto con un blanco cada vez más definido en Murillo”, explica la fuente consultada. “Algo que sí te puedo decir es que con Murillo no se quiere nada”. 

En medio de todas estas presiones y una narrativa estadounidense que acorrala al régimen Ortega-Murillo, sobre todo a la luz de las acciones concretas y de fuerza tomadas por Trump no solo con Venezuela, sino con Irán y recientemente con Cuba –que este 16 de marzo anunció reformas económicas en un intento por aliviar la presión–, se ha instalado en el ideario la idea de que “después que caigan los Castro, vienen Murillo y Ortega”.

Otras fuentes estadounidenses consultadas para este artículo prevén que “el turno de Nicaragua” estaba programado a partir de junio próximo o después, pero siempre antes de las elecciones de medio término en Estados Unidos en noviembre de 2026. Son comicios que resultarán cruciales para el presidente Trump, quien ve en ellos una especie de referéndum de aprobación o rechazo a sus acciones, en especial ante la guerra en Irán, que además de haberse alargado le genera críticas internas. 

Por ahora, en Managua, sobre todo en la copresidenta Murillo, hay apremio por rebajar las presiones, según fuentes sandinistas, en especial después de que Trump ha dicho que sería un honor para él “tomar Cuba”. Además, en privado, Estados Unidos ha dicho que para que se produzcan avances significativos en las negociaciones, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel debe dimitir, en una encrucijada similar a la de Maduro antes de su captura. 

“La medida derrocaría a una figura clave, pero dejaría en su lugar al represivo gobierno comunista que gobierna Cuba desde hace más de 65 años. Los estadounidenses han indicado a los negociadores cubanos que el mandatario debe marcharse, pero están dejando los siguientes pasos en manos de los cubanos”, reveló el New York Times este 16 de marzo.

¿Nicaragua sigue después de Cuba?

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El presidente Trump en una reunión en su residencia privada en Florida junto a mandatarios de Latinoamérica, de la que fue excluida Nicaragua. Foto de EFE.

Ante estos matices que impone esta lógica de la administración Trump, el analista e investigador del Diálogo Interamericano, Manuel Orozco, en medio de este volátil contexto geopolítico, llama a ponderar las expectativas en torno al papel de Estados Unidos con Nicaragua. A distinguir “entre las expectativas que circulan en el exilio y la realidad de la política exterior estadounidense”.

Orozco plantea que existe una lectura extendida, pero sin evidencia concreta, de que la presión de Estados Unidos responde a una secuencia lógica en la que Nicaragua sería el siguiente país en la fila después de Venezuela, Irán y Cuba. Sin embargo, insiste que esa interpretación responde más a coincidencias y aspiraciones, especialmente de quienes están fuera del país y mantienen la expectativa de retorno, que a los determinantes reales de la política exterior de Washington.

Orozco sostiene que la posición de Estados Unidos hacia Nicaragua está moldeada por otros factores, como las prioridades geopolíticas y económicas de la administración Trump. Un contexto internacional saturado de crisis que desplaza a Nicaragua en la agenda; el margen de acción de la burocracia estadounidense, particularmente en el área de Asuntos Hemisféricos, que busca mantener cierto nivel de presión; y el bajo nivel de articulación y protagonismo de actores nacionales e internacionales en torno al país sometido por los copresidentes, incluida una oposición con escasa capacidad de incidencia. 

Por su parte, y en ese sentido, la fuente estadounidense consultada no ve en la oposición extraviada nicaragüense, por ahora, a alguna pieza a la que la administración Trump pueda echar mano para una eventual transición. Además, si se toma en cuenta el caso venezolano, donde la oposición sí tiene fortalezas y unidad clara, fue desplazada porque la continuidad fue confiada a actores del régimen chavista descabezado. “Se están buscando nombres a lo interno de Nicaragua”, dice la fuente norteamericana sin precisar actores. 

Orozco desconfía de “los paralelismos mecánicos” que se conjeturan en torno a Nicaragua. La referencia constante a figuras como Delcy Rodríguez –explica– no constituye una anomalía ni un punto de partida, sino parte natural de cualquier proceso de transición política en contextos de conflicto, donde coexisten actores reformistas, disidentes y sectores duros con distintos niveles de peso. “Pretender trasladar esos esquemas al caso nicaragüense distorsiona la lectura del escenario”, dice.

De hecho, señala que en Nicaragua la discusión suele estar atravesada “por un moralismo” que ha impedido entender cómo operan estos procesos. Mientras en otros contextos se asume la necesidad de interlocutores dentro del propio sistema de poder, sectores de la oposición nicaragüense han rechazado sistemáticamente esa posibilidad y han optado por mantenerse al margen, bajo la expectativa de que un cambio externo resuelva la crisis y permita luego una reintegración política.

Nicaragua en un nivel bajo de prioridades

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El régimen de Ortega se ha plegado por completo a China, una potencia que rivaliza con Trump. Foto tomada de Presidencia.

Aunque Nicaragua se mantiene presente en la agenda de Washington, el investigador del Diálogo Interamericano dice que se enmarca “dentro del realismo posible”. En términos prácticos, insiste, la política exterior estadounidense responde a la interacción entre la coyuntura geopolítica, los intereses nacionales, el estilo personal del presidente Trump y el peso del aparato burocrático y del Congreso.

En ese mapa, Nicaragua aparece relegada frente a otros frentes prioritarios como Irán, Rusia, China, Venezuela o la relación con Europa, además de temas como la política migratoria y los aranceles. Además de otra capa más cercana, como la relación con México y el acuerdo comercial en camino entre Washington y sus vecinos (Canadá-México), a la par de la crisis en Haití

A esto se suma un elemento decisivo vinculado al papel central de Trump en la definición de prioridades. Nicaragua, prosigue Orozco, no figura en el radar político inmediato del republicano, ni como prioridad estratégica ni como interés personal. Eso se trata de un factor que en este gobierno republicano pesa incluso más que la propia agenda geopolítica, como lo ha demostrado la acción contra Maduro, cuya captura terminó de ser decidida porque a Trump le disgustaron los bailes del dictador venezolano. 

Finalmente, Orozco advierte que, aunque existe interés dentro del Departamento de Estado y del Congreso por mantener presión sobre Managua, ese impulso no encuentra un correlato en actores externos que logren incidir de forma efectiva. “La movilización de grupos opositores es limitada y, en algunos casos, percibida más como ejercicio de lobby que como una fuerza política articulada”, señala.

En conclusión, las expectativas de una acción inminente contra el régimen Ortega-Murillo responden más a aspiraciones que a condiciones objetivas. A abril de 2026, Orozco estima que “existe apenas un 30% de probabilidad de que Nicaragua asuma un papel protagónico en la política exterior de Estados Unidos”. La pregunta, plantea, es “cómo aumentar esa probabilidad y con qué propósito”.


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