Entrevista con Noah Bullock, director de Cristosal:

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”

El director de Cristosal, Noah Bullock, disecciona el “modelo Bukele”, desde el pacto con las pandillas, el régimen de excepción hasta los más de 120 000 detenidos, la mayoría sin condena en El Salvador. La organización de derechos humanos que dirige tuvo que salir al exilio para seguir denunciando. En conversación con DIVERGENTES, Bullock traza los paralelismos y las diferencias con el régimen de Ortega y Murillo, y responde a quienes celebran la seguridad salvadoreña sin mirar su costo en tortura, desaparición y muerte bajo custodia del Estado.


11 de agosto 2026

Noah Bullock es el Director Ejecutivo de Cristosal, la organización de derechos humanos que tuvo que exiliarse en 2025 de El Salvador. Foto de Miguel Andrés | Divergentes.

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Noah Bullock lleva dos décadas en la organización Cristosal. Llegó como pasante en 2005, recién graduado en Estudios de Paz y Conflicto, y en 2010 se convirtió en su director ejecutivo. Hoy dirige la organización de derechos humanos más incómoda para Nayib Bukele, y en 2025 tuvo que hacer lo que ya conocen los nicaragüenses: exiliar sus operaciones de El Salvador para poder seguir denunciando. En mayo de 2025, el Gobierno capturó a Ruth López, jefa de su unidad anticorrupción, y envió mensajes a sus líderes advirtiéndoles que sus nombres estaban en listas negras. La decisión de irse, dice Bullock, fue “por las amenazas, la persecución, pero para continuar”.

Cristosal acaba de publicar “El precio de disentir”, un informe que documenta 245 casos de persecución política bajo el régimen de excepción de Bukele. Bullock sostiene que la cifra real es mucho mayor, ya que “en un país sin acceso a información pública”, lo que lograron verificar es apenas una muestra de las más de 120 000 personas privadas de libertad, la mayoría sin condena.

En esta entrevista con DIVERGENTES, Bullock desarma el “modelo Bukele” pieza por pieza, traza los paralelismos y las diferencias con el régimen de Ortega y Murillo, y responde a quienes todavía celebran la seguridad salvadoreña sin mirar su costo y la influencia de la segunda presidencia de Donald Trump en Centroamérica. Su definición de Bukele es directa: “Un dictador igual que cualquier otro, solo que con mejor mercadeo y relaciones públicas”.

Cristosal nació hace 25 años, sobrevivió la posguerra y operó bajo varios gobiernos como los de ARENA y el FMLN. ¿Qué cambió exactamente en mayo de 2025 para que la única opción fuera salir de El Salvador y trasladar sus operaciones?

No es la primera vez que un Gobierno nos ataca. Recuerdo que durante el gobierno del FMLN, uno de nuestros principales temas de incidencia fueron los derechos de las personas desplazadas, es decir, las familias que huían de las pandillas. En ese momento, ese Gobierno nos atacaba diciendo que exagerábamos o que mentíamos, pero nunca llegó al punto de espiarnos o intentar cerrarnos. 

Preparando recomendación…

Sin embargo, en mayo de 2025 hubo un punto de inflexión. Nos convertimos como organización en un blanco directo de persecución. Capturaron a nuestra jefa de la unidad de anticorrupción, Ruth López. Además, mandaron mensajes a nuestros principales líderes advirtiéndoles que sus nombres estaban en listas negras de personas a capturar. A otros colegas de perfil más bajo les vigilaron sus casas; policías llegaban a preguntar el nombre de la calle solo para hacerles saber que sabían quiénes eran y dónde estaban. También recibimos amenazas en la oficina y se sumó la Ley de Agentes Extranjeros, que es una normativa al estilo de Rusia y Nicaragua para controlar a las organizaciones.

Sabíamos que teníamos que continuar porque tenemos amigos presos por cuya libertad debemos luchar, y hay muchas familias de víctimas inocentes del régimen de excepción que requieren acompañamiento. La decisión de irnos fue por las amenazas y la persecución, pero con el objetivo de seguir acompañando la búsqueda de justicia y libertad.

El informe más reciente de Cristosal, titulado “El precio de disentir”, documenta 245 casos de persecución política, pero ustedes insisten en que la cifra real es mayor. ¿Qué es lo que no cabe en esa cifra que ustedes documentan? 

En El Salvador no hay acceso a información pública. La verdad es que no hay un registro oficial de los nombres de las personas que son prisioneros del régimen. Entonces, lo que sí tenemos son más de 120 000 personas, más o menos estimamos, privadas de libertad. La mayoría sin condenas. Entonces, lo que pasa, y la razón por la que manejamos eso como una muestra, es lo que pudimos detectar. Un mínimo verificable, como tirando la bola de nieve, pidiendo a quienes quieren documentar. 

Pero en el Régimen de excepción, por ejemplo, capturaron líderes sindicales, líderes comunitarios, defensores del medioambiente, líderes indígenas, y los casos no todos hemos podido detectar. Entonces, por eso creemos que es una muestra. Y ahí sale que analizamos 245 casos de persecución política, y en este grupo hay 86 que siguen privados de libertad. 

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Fotografía de un cartel con la imagen del presidente de El Salvador, Nayib Bukele, abogando por su reelección. EFE/ Rodrigo Sura. Archivo.
Pero eso que me estás diciendo contraviene totalmente el discurso oficial de Nayib Bukele, quien afirma que bajo el régimen de excepción solo hay pandilleros y delincuentes…

Es una de las cosas que no entiendo. Todo el mundo hablando del Régimen de excepción sin mirar a fondo en qué consiste. Imagínate una estrategia de seguridad en que sueltan a los policías y soldados en las comunidades con cuotas que cumplir de capturas, agarrando a la gente a lo loco, aleatoriamente. Claro, agarraron como un porcentaje de la población, y en ese grupo tenés culpables, pero un montón de inocentes. Y luego generaron todo un sistema de justicia paralelo para garantizar que todos fueran condenados sin defensa.

Y según he leído, un sistema de justicia en el que se judicializan muchos casos y no necesariamente hay un respeto del debido proceso a cada persona.

No, no hay. En el Régimen de excepción la gente, casi de manera universal, es capturada sin investigaciones previas, sin orden judicial. Policías y soldados cumpliendo cuotas. Y luego, una vez capturados, están desaparecidos en centros penales en una etapa de detención preliminar. Entonces no tienen acceso a la familia ni a la defensa. Hay familias que pasan cuatro años sin saber si su pariente continúa con vida. Y luego, ahora lo que está pasando es que su juicio, obviamente, bajo reserva total, secreto, y se están armando juicios masivos para la gente detenida en el régimen de excepción, en que hay cientos, hasta miles de personas, todos acusados por el mismo delito, que es agrupaciones ilícitas, sin la más mínima posibilidad de defenderse.

Me sorprendió un concepto del informe la “persecución vicaria”, ir contra los familiares. Y me sorprende porque en Nicaragua es lo mismo, pero llegó en una fase ya madura de la represión, y eso me hace ver que Bukele va muy rápido. ¿Qué tan eficiente es ese mecanismo para silenciar a los familiares que buscan a los suyos? ¿Qué caso les ha impactado más?

El caso en el informe que usamos de ejemplo es el de Silverio Morales, que es un líder indígena. Su hijo fue capturado en el Régimen de excepción, y toda la comunidad alrededor de él considera que la captura era para callar a Silverio en su liderazgo e incidencia. También en otras organizaciones de derechos humanos hemos visto capturas de familiares de defensores de derechos humanos. Y duro. Es una violencia… no sé, no me gusta comparar realidades, pero una violencia ejercida a la persona, al familiar capturado, pero luego a toda la familia y al defensor. Sabiendo que su papá, su hijo está preso, posiblemente siendo torturado, probablemente sufriendo… no, definitivamente sufriendo condiciones crueles e inhumanas, por tu rol como defensor.

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Noah Bullock estuvo de visita en Costa Rica para el Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA). Foto de Miguel Andrés | Divergentes.
Ahora, ustedes afirman en Cristosal que la violencia del Estado reemplazó a la de las pandillas en El Salvador. Pero para el salvadoreño que hoy se siente más seguro, que es uno de los principales eslóganes y logros del Gobierno de Nayib Bukele. 

Sí, es racional. La gente que dice “yo me siento más seguro” no está loca. Se siente más segura de la amenaza de la pandilla. Pero ahora sufren la amenaza de la violencia estatal, la captura arbitraria y la realidad de un sistema penal que te va a torturar y un sistema de justicia que no te va a permitir defenderte. Lo que pasa es que no todas las familias han sufrido esa persecución estatal directamente. Pero, en general, en la población no hay nadie que pueda decir que no siente miedo, consciente o inconscientemente. 

O sea, las conductas diarias de las personas se han alterado. No puedes hablar de política en tu lugar de trabajo, no puedes expresar una opinión en las redes sociales sin temor a represalias. Entonces, la persecución política no es sentida quizás de la manera generalizada en que se sintió la violencia de la pandilla, pero sí afecta a toda la población. Y en algún momento, cuando los intereses de tu familia o los tuyos se encuentren en conflicto con el régimen, vas a aprender muy rápidamente cómo es enfrentarte, desprotegido, al poder del Estado.

El Salvador
Una foto de la detención de la abogada Ruth López, considerada la presa política con más connotación en El Salvador en la actualidad.
Ese miedo y ese impacto de esa persecución de la que hablás, ustedes en Cristosal la han sufrido de manera directa con Ruth López. ¿Cuál es el estado del caso y la situación de ella en este momento en prisión?

Sí, tal cual. Exactamente, no todas las familias en El Salvador han sufrido la persecución directa como la familia de Ruth. Y es importante el caso de Ruth porque, como defensora de derechos humanos, sufre la persecución amparándose en las mismas medidas del régimen de excepción que fueron prometidas a la población como una medida necesaria para combatir a terroristas. Pero es un arma de represión para callar las voces disidentes. 

Concretamente, Ruth fue capturada sin orden judicial, sin una investigación previa. Ruth estuvo desaparecida cuarenta y pico de horas. Luego se mantiene detenida 15 días, que es el plazo del régimen de excepción, antes de ser acusada y presentada a un tribunal. Luego, en el tribunal, decreta en secreto su caso, mandan el automático de detención preliminar indefinido, es separada de su familia sin acceso a su defensa, a su familia. La familia ha podido visitarla un par de veces y ya sabemos que no está recibiendo la atención médica que ella necesita, siendo mujer en un proceso de posible cáncer de mama. Entonces, Ruth, como defensora de derechos humanos, a lo mejor está en mejores condiciones que otros, pero sufre las mismas medidas del régimen de excepción. Y ella no es ninguna pandillera, es una abogada que luchaba contra la corrupción.

Viendo el caso de Ruth, dicen que la acusan de enriquecimiento ilícito. ¿Qué bienes tiene Ruth?

Yo la conozco. Ella tiene una casa. Ella tiene un carro. Compró los dos con préstamos, pagó los dos entre su mamá y su compañero de vida. Ruth no tiene fincas, no tiene acciones, no tiene empresas, no tiene todos estos lujos que vemos de la gente del gobierno. Pero la acusan de corrupción, cuando es ella quien señalaba la corrupción. De hecho, ella misma se lo dijo a la policía que la estaba deteniendo, que no tenía orden judicial. Le sacan un papelito, le leen que la acusan de peculado, de corrupción, y ella se ríe y dice: ‘No, aquí soy yo quien denuncia la corrupción’.

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Fotografía cedida por la casa presidencial del presidente salvadoreño, Nayib Bukele (i), y el expresidente costarricense, Rodrigo Chaves (d), visitando las instalaciones del centro penitenciario la Reforma en Costa Rica. EFE/ Johanfred Bonilla/ Archivo.
En la región se ha popularizado esto del “modelo Bukele”. Es decir, se ha expandido a algunos intentos, como en el caso de Ecuador con el presidente Noboa o el nuevo presidente de Colombia. Quieren de alguna manera emular eso. ¿Qué es para ustedes ese concepto, si es que llega a ser un concepto?

Sí, eso se oye, que todos quieren un Bukele. Yo veo muchas cosas en las redes sociales que también quiero, pero en la realidad quizás no existen. Es como Temu: ves un producto y los algoritmos saben todo lo que querés, te dan un buen precio, y luego llega a tu casa y es una chatarra. Pero bueno, el modelo Bukele, ¿en qué consiste? Está claro: Un gobernante que construye su partido político y consolida la popularidad en asocio con grupos criminales. Porque desde que fue alcalde de San Salvador a pasar a ser candidato, y en los primeros tres años de su gestión —no porque lo diga yo o El Faro, sino fiscales federales de Estados Unidos, en su acusación— identifica que él hizo un acuerdo, una relación con ellos para reducir la percepción de inseguridad y generar beneficios electorales en dos elecciones para él y su partido. Ese es el primer paso: un líder que está dispuesto a pactar con el crimen organizado como trampolín al poder.

Y con este poder y popularidad que se logró generar, capturó el Estado. O sea, concentra el poder y empieza a generar beneficios económicos para él y su grupo de aliados. Entonces, el segundo paso es ese, desmantelar la democracia. Y el tercer paso es lo visto en el régimen de excepción: crímenes de lesa humanidad. Es el tercer componente del modelo Bukele: plantear a la población que solo te puedo dar seguridad si te quito los derechos, que es necesaria la detención arbitraria masiva, la desaparición forzada, la tortura, cientos, no, miles de muertes en custodia del Estado, todo eso es necesario para tu seguridad, justificado con el resultado. Porque muchas veces se justifica el modelo con los resultados. 

“Ah, no, pero en la calle ya no se ven los pandilleros”, dicen. Pero los resultados tienen que incluir los costos de crímenes de lesa humanidad. En esta generación, que lo sufre directamente, pero también mirando la historia del país, los crímenes de lesa humanidad generan una consecuencia que se sufre en futuras generaciones, décadas después…

Sé que no te gustan las comparaciones, pero te voy a obligar un poco. Los que critican el “modelo Bukele” suelen compararlo con el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, solo que a mayor velocidad. Pero hay una diferencia de origen: Bukele nació políticamente con el discurso del combate a las pandillas, y Ortega volvió al poder en 2007 hablando de reconciliación, y solo tras las protestas de 2018 armó un régimen con un enemigo interno y externo. Orígenes opuestos, mismo destino: justicia capturada, opositores presos, exilio. ¿Qué protege a una democracia, sobre todo a las tan frágiles de Centroamérica?

En realidad tienen un origen común, porque Bukele viene del FMLN, el partido de izquierda. La carrera política de Bukele fue financiada con fondos de Alba Petróleos de Venezuela. Entonces, de alguna manera viene de ese punto de partida, ¿no? Y luego creo que sí tienen esas similitudes en que quienes aspiran al poder absoluto no lo hacen para el bien del pueblo, lo hacen por su ego, para enriquecerse, y por sus ansias de grandeza. 

Ahí quizás habría que matizar con Ortega, pero, en fin, lo que tienen en común, a pesar de que se plantean dos ideologías distintas —Ortega se identifica con la izquierda, porque él empezó identificándose como socialista, ahora se identifica como ultraderecha—, pero al final de cuentas la autocracia es crimen organizado incrustado en el Estado. Y entonces creo que tienen eso en común. Cuando el poder se concentra y se ejerce sin límites, todo es transaccional, y creo que eso también pasa.

Una gran diferencia que señalaría es el método de persecución. Es algo que no está muy entendido en El Salvador. La represión de Ortega es mucho más ochentera: de los asesinatos públicos, de tener presos políticos de manera descarada, claramente, que hasta su propio hermano, compañero de lucha. Pero ¿qué es lo que ha logrado hacer Bukele en términos de represión? Crear esa categoría de enemigo interno y construirlo en torno a un enemigo real, que era la pandilla. Y luego Bukele expande ese grupo. O sea, la sociedad acepta que este grupo son enemigos, y el presidente puede hacer lo que quiera con ellos. 

O sea, Bukele luego expande ese grupo para incluir a todo el que le caiga mal: defensores, empresarios, académicos, periodistas, líderes comunitarios, y los mete en ese grupo. Y en ese grupo tiene todo un sistema de persecución, un sistema de justicia para castigar a los enemigos. Y entonces está de alguna manera escondido bajo la figura de una política de seguridad, ¿no? Ortega, en cambio, es un poco más transparente.

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Daniel Ortega y Rosario Murillo, referentes del autoritarismo en Centroamérica. Foto de archivo de EFE.
Mencionabas la ley de agentes extranjeros, pero el Gobierno de Bukele también ha empezado a confiscar e intervenir propiedades, por ejemplo de la junta directiva de un medio como El Faro. En Nicaragua han llegado incluso a despojarnos de la nacionalidad, a dejar apátridas a periodistas, defensores de derechos humanos y activistas. ¿Vos pensás que El Salvador puede llegar a ese extremo?

Bueno, por la razón que te dije, que no me gusta comparar, porque una vez un amigo me advirtió de que la única persona que sabe el sabor del chicle es quien lo tiene en la boca. Entonces, lo que se sufre en Nicaragua es único, una experiencia de vida del pueblo nicaragüense, y lo que se sufre en ese sabor es distinto. Creo que se llega a estos extremos siempre, con la diferencia de que Bukele es un poco más astuto en cuidar las formas, construir narrativas que justifiquen y normalicen lo que hace. En cambio, creo que Ortega descaradamente, abiertamente, dice que estos ya no son nicas. En cambio, Bukele crea condiciones en que uno tiene que decidir entre la cárcel o el exilio, y se va. Y es una cosa menos visible.

Bukele, cuando le dicen que es un dictador, hace mofa de eso y llega a decir que es el dictador más cool del mundo. ¿Qué tipo de dictador es realmente Bukele?

Sí, plantea que es algo nuevo. Pero en realidad es un dictador como cualquier otro del mundo, o cualquier otro en la historia. Un dictador que roba, mata, tortura y persigue a su oposición. La única diferencia es que tiene mejor estrategia de mercadeo y relaciones públicas.

El autoritarismo regional y Trump

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Los presidentes Nayib Bukele y Donald Trump en la Casa Blanca. Foto de archivo de EFE.
El régimen autoritario de Bukele no aparece como una anomalía en Centroamérica, sino que pareciera ser la regla: Nicaragua, El Salvador, Guatemala con su propio pacto de corruptos, incluso aquí en Costa Rica, donde se señala cierta erosión democrática. Cristosal tiene una mirada regional: ¿cómo está viendo la región en este momento?

Sí, definitivamente en la región existe esta tensión, en cada país, entre fuerzas autoritarias y fuerzas democráticas. Y muchas veces esas fuerzas democráticas no están representadas en partidos políticos, es el propio movimiento social, las organizaciones y las comunidades. Veo esa tensión en Honduras, Guatemala. Acaban de salir los dos líderes indígenas, Luis Pacheco y Héctor Chaclán, en libertad, producto de una lucha de pueblos mayas. Entonces vemos esa tensión en los tres países. 

Y, otra vez haciendo la comparación entre Ortega y Bukele: Bukele sí quiere venderse como modelo. Quiere ser identificado como un líder mundial, tal vez generacional. En cambio, Ortega creo que no le interesa. Entonces, El Salvador invierte millones de dólares de los tributos, de los pueblos que pagan impuestos, en propaganda fuera. Ese Gobierno actúa casi como si fuera un guión comunicacional para celebrar una narrativa de “un renacer del país, un nuevo modelo de democracia”. Y ahora lo que estamos viendo es el reencuadre: resulta que “esta democracia requiere de una sola persona que la cuide”. Es ese proceso, la evolución narrativa que se ve desenvolviéndose en El Salvador. Y creo que en la región hay grupos que lo creen.

¿Cómo valorás la influencia de la segunda presidencia de Donald Trump en Centroamérica y particularmente en El Salvador, cuando Bukele es un asiduo, un visitante recurrente de la Casa Blanca?

Bukele jugó muy inteligentemente con Biden. El presidente Biden vino y dijo que en Centroamérica nuestro marco referencial para la diplomacia va a ser la carta democrática de la OEA. Pero luego no quería romper relaciones diplomáticas con El Salvador; tratar de mantener una diplomacia constructiva y, en eso, legitimaron y permitieron que se consolidara el autoritarismo en El Salvador. Bukele lo esperó. Sabía que podía aguantar y que podía regresar el presidente Trump. Y cuando regresó Trump, fue muy importante para nosotros en Cristosal ver que el primer presidente del mundo que felicita a Trump es Bukele, y tuitea que hemos felicitado al presidente electo Trump y hemos pedido que quite el financiamiento para las organizaciones en El Salvador. Y sabíamos que eso lo dijo por Cristosal. 

Entonces, creo que con Donald Trump el periodismo independiente, los movimientos democráticos, los derechos humanos, la transparencia se han quedado desfinanciados, pero también se retira el apoyo político a estos grupos, o más bien a las causas mismas de derechos humanos, de la prensa libre, de la transparencia. Ya no hay un respaldo político en la región de que estas son acciones positivas y necesarias en la sociedad. Más bien, hay como un acuerdo de que “usted haga en su país lo que quiera y yo no me meto”.

“Bukele es un dictador igual que cualquier otro: roba, mata, tortura y persigue, solo que con mejores relaciones públicas”
Militares detienen a un ciudadano en San Salvador. Foto de archivo.
¿Y qué tan grave es eso en una región donde las instituciones colapsan ante lo autoritario? Es decir, se quedan de alguna manera huérfanos estos principios democráticos cuando tenés a Estados Unidos, que es el principal país que ejerce su influencia en la región, diciendo “esto ya no va”.

Mira, no podemos llorar por eso. Porque si miramos la historia, ¿cuándo el movimiento de derechos humanos ha tenido respaldo de poderes mundiales? ¿Cuándo? Casi nunca. Entonces, es más bien un regreso a donde siempre hemos estado: en las aspiraciones y luchas nobles de la gente, de un mundo mejor, un mundo más justo. Entonces, tenemos que adaptarnos, tenemos que cambiar. Los modelos de trabajo de ONG formales, financiadas por la cooperación internacional, esa época se acabó. 

Ahora regresamos y tenemos que dialogar con las poblaciones y soñar con un mundo diferente. En El Salvador, para mí, la gente tiene el derecho ahora de soñar con un mundo mejor que el de vivir sometida a la violencia de la pandilla o sometida a la violencia del dictador. Entonces, tenemos que acompañar al pueblo ahora en realizar formularios de una nueva visión de cómo quieren vivir.

Si tuvieras que decirle a un salvadoreño que aún cree que su país no es una dictadura similar a la de Nicaragua, ¿cuál es la única señal, si es que va a aparecer, que debería convencerlo de que ya lo es?

Sinceramente no quiero convencer a nadie de nada. Lo que defendemos son nuestros principios, es una posición moral. A mí no me quita el sueño ser minoría al decir que la tortura es mala. A mí no me quita el sueño decir que la ejecución y la detención arbitraria, estos excesos, no me dan seguridad a mí y tampoco a vos. Son excesos que no dan seguridad, sino miedo, y el miedo es un arma de una dictadura. Un arma política de dictadura, no un instrumento para la seguridad democrática. 

Yo no quiero convencer a nadie, quiero defender lo básico: un inocente tiene derecho a defenderse. Una madre no tiene por qué estar preocupada de que la policía va a arrestar a su hijo porque sí. Una persona inocente en la cárcel tiene derecho a defenderse. Estos son los básicos que queremos defender y creo que, tarde o temprano, la gente también va a querer estas cosas tan básicas.