Editorial | Daniel versus Ortega: una votación sin elección entre alambradas

Este simulacro de elección evidencia la bancarrota política de los Ortega-Murillo: Solo pueden mantener el poder con cárcel, coacción y terror. El lunes, al amanecer, Nicaragua bien podría ser Corea del Norte, Cuba o la reencarnación tropicalizada de los Ceaușescu. La pareja presidencial ha encumbrado su proyecto de poder absoluto, con las prisiones cargadas de presos políticos sometidos a torturas.

Daniel Ortega y Rosario Murillo votan en las elecciones generales de 2016. Foto de archivo de EFE.

Nicaragua asiste este siete de noviembre a las elecciones más fachas de su historia reciente: Daniel Ortega y Rosario Murillo se van a adjudicar una pírrica “victoria”, conseguida a punta de matonismo político y violencia. La pareja decretó dos días antes que celebrarán el domingo a las once de la noche. Es decir, de antemano, como todo en esta votación sin elección: una puesta en escena montada con alevosía en El Carmen, a partir del arresto de los siete precandidatos opositores, la configuración de una boleta con candidatos pantomimas y un proceso sin garantías de transparencia, que instala una dictadura de partido único. El lunes, al amanecer, Nicaragua bien podría ser Corea del Norte, Cuba o la reencarnación tropicalizada de los Ceaușescu. La pareja presidencial ha encumbrado su proyecto de poder absoluto, con las prisiones cargadas de presos políticos sometidos a torturas. 

Con Murillo como “co-presidenta”, Ortega ha dejado claro de un tajo a quienes lo adversan e incluso a los suyos (que mantienen un descontento solapado con su régimen), que el poder es monopolio familiar. Pese a los señalamientos de crímenes de lesa humanidad, el mal manejo de la pandemia, una represión total y la descomposición sociopolítica constante, ellos han decidido inaugurar un nuevo mandato antidemocrático, retando a la comunidad internacional y agotando todas las líneas rojas por cruzar. La ilegitimidad en la que los Ortega-Murillo caen aislará más a Nicaragua del mundo, cuyos gobiernos desconocerán los resultados prefabricados de los comicios.

En esta nueva etapa dictatorial, las leyes ad hoc aprobadas a finales de 2020 (Ciberdelitos, Ley del Pueblo, Agentes Extranjeros y la de cadena perpetua) son los recordatorios latentes de que las voces críticas y la disidencia están criminalizadas. Una policía que dejó de ser Nacional hace mucho se ha afianzado como la orwelliana Policía del Pensamiento de 1984, encargada de allanar, apresar y torturar a los “traidores a la patria”. La “farsa electoral” de este domingo, reafirma todo ello y muchas cosas más, como la complicidad del Ejército y sus generales claudicantes a los principios constitucionales, que se prestan a la manutención tácita de este poder abyecto. 

La escalada represiva desatada a partir de junio, con la Fiscalía como punta de lanza, desarticuló toda oposición en Nicaragua, así como a la Sociedad Civil, defensores de derechos humanos y hasta periodistas que han tenido que exiliarse para no caer presos. El “apagón informativo” impuesto ha generado autocensura en muchas fuentes de información, pero todavía no logra ser total gracias al tesón de los reporteros que no callan y encaran el hostigamiento y la persecución. 

En Costa Rica, donde se registra el epicentro del exilio nicaragüense, los opositores que quedan libres y los familiares de las víctimas de abril son las únicas voces que harán contrapeso este domingo a una elección sin competencia. Ante el reto de reinventarse, la oposición también tiene que aprender de sus desatinos y dejar de una vez por todas las mezquindades que le facilitaron el camino a la dictadura, aunque lo tuviera libre. Hablar de unidad es utópico, pero es posible acercar posiciones y coordinar de mejor manera esfuerzos, sobre todo para lo que viene: la denuncia de un gobierno ilegítimo que ha apostado a largo plazo; quizás hasta cuando sobreviva el tirano, cada día más solo en su laberinto sin salida, pero en el cual puede andar de un lado a otro con cierta indemnidad, a pesar de las sanciones internacionales.   

Este simulacro de elección evidencia también la bancarrota política de los Ortega-Murillo. Solo pueden mantener el poder con cárcel, coacción y terror. La última encuesta de CID-Gallup no solo reveló que Cristiana Chamorro, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, Medardo Mairena, Miguel Mora, Arturo Cruz o Noel Vidaurre le hubiesen ganado en las urnas a Ortega, sino el aborrecimiento generalizado de la población a un proyecto despótico y familiar, que ha sumido a Nicaragua en impunidad y odio. Solo 5% de la población se declara sandinista.  

A sabiendas de que no tiene soporte popular (ellos que se ufanan de ser “el pueblo”), han vuelto a Nicaragua una cárcel con alambradas en las fronteras. En las últimas semanas, ni los opositores pueden salir del país, porque le quitan los pasaportes, ni los nicaragüenses en el extranjero considerados “golpistas” (o la prensa internacional) pueden ingresar. Sin embargo, hay quienes siempre saltan las alambradas o pasan por debajo de ellas. Esos son los miles que desde junio, con la liquidación de las elecciones, huyen hacia Costa Rica, y en especial hacia Estados Unidos, uniéndose a las caravanas de centroamericanos que suben hacia el norte. 

Cuando no es el silencio o los barrotes, la migración y el exilio forzado son las únicas alternativas que dejan las dictaduras. Ahora, que muchos periodistas están en el exilio y hay más nicaragüenses que quieren salir a prisa, es prudente recordar el diario de Eulalio Ferrer, y aquel pasaje al que bien podríamos cambiar el nombre del pueblo: en vez del español, el nicaragüense. De modo que el pasaje se leería (y se leerá durante el tiempo que la tiranía Ortega-Murillo subyugue), así: “Allí embarca en harapos todo el pueblo nicaragüense: los artesanos, los maestros, los poetas, los músicos, los sabios, los escritores unidos a los carpinteros, a los albañiles y a los campesinos”. 

Nicaragua asiste este siete de noviembre a una votación sin elección entre alambradas, en la que Daniel se enfrenta a Ortega. La perpetuación en el poder del caudillo sandinista junto a su mujer solo trae consigo, como versa Darío, “amagos de peste”. 

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