La utopía electoral nica que es una realidad en Costa Rica: Así viví mis primeras elecciones libres

El proceso electoral tico es doloroso para Nicaragua: el funcionamiento pleno de una democracia que está tan cerca pero a la vez tan lejos. La fraternidad política y la confianza en el sistema electoral predominan. Y lo comprobamos este domingo seis de febrero: los ticos se fueron a dormir plácidamente, muy seguros que sus votos fueron contados con respeto. Sin insomnio fraudulento. Una utopía para los nicaragüenses.

Costa Rica celebró elecciones generales este seis de febrero que estuvieron marcadas por una gran abstención. Carlos Herrera | Divergentes.

Carlos Delgado Brenes habla de las elecciones de Costa Rica con sobrado orgullo, en un tono que bien podría equipararse con los eslóganes turísticos de este país centroamericano: “Nos llena tanto orgullo porque es una fiesta nacional… Si usted va a cualquiera de las siete provincias y ochenta y dos cantones hoy (domingo), se va a encontrar una fiesta de respeto”, afirma el hombre de 76 años. “Cada uno muestra su color, nadie critica al otro, porque cada uno tiene derecho a su color político. Confiamos en este proceso porque, gane quien gane, al final gana Costa Rica. ¿Usted sabe verdad?”, agrega con esa pregunta a manera de muletilla que, para ser honesto, me dio vergüenza responder. 

“No, no lo sé. Soy de Nicaragua y allá no tenemos elecciones verdaderas”, le respondo y dirijo una sonrisa cómplice a Carlos Herrera, mi colega fotoperiodista, para que fotografíe a Carlos Delgado. El anciano, bastante enérgico, trata de no compadecerse y nos invita a mirar alrededor del colegio Dante Alighieri, en San José, Montes de Oca: un ejercicio democrático real. A pesar de que ya son las dos de la tarde y la mayoría de los ticos salieron temprano a votar, aún hay filas mesuradas. “Hay una participación movida, pero no tanto como esperábamos”, dice el hombre, quien trabaja como asesor del Partido Liberación Nacional (PLN). Hay más de media docenas de juntas receptoras de votos en la escuela y la pluralidad de colores en las banderas y las camisetas golpea, sobre todo a este par de periodistas exiliados que, como nicaragüenses, en los últimos quince años les han impuesto un solo color político: el rojinegro sandinista. Rojo por la sangre derramada y negro por el luto. Los otros colores políticos en Nicaragua han sido simplemente cómplices de Ortega y otros cancelados por ser una amenaza para el régimen.

Miramos cómo se gesta una votación a partir de la cual se configura la democracia, después que Daniel Ortega y Rosario Murillo, a partir de junio de 2021, liquidaron con persecución y cárcel una votación que hubiese servido para resolver la crisis sociopolítica que arrastramos desde 2018. Todo está muy reciente y las comparaciones son inevitables, incómodas, sobre todo cuando Carlos Delgado se despide abruptamente de los reporteros, porque ve entrar al colegio a una familia con diversas banderas, entre ellas la verde con blanco de su partido: viene un voto para el candidato que apoya, el expresidente José María Figueres. Su trabajo es ayudar a esa persona a encontrarse en el padrón electoral. Pero donde él ve un voto, nosotros vemos nuestro país roto

Carlos Delgado Brenes es integrante del partido Liberación Nacional, cuyo candidato, José María Figueres, obtuvo el primer lugar en la primera vuelta. Carlos Herrera | Divergentes.

De nuevo, un núcleo familiar y tres opciones políticas diferentes que asisten a las urnas en camaradería, abrazados, en armonía. Es brutal verlo porque en Nicaragua no hay convivencia de ninguna clase. Es imposible. La impunidad imperante nos ha fracturado y la represión sostenida, con el reciente cierre de universidades y consumación de juicios políticos, ha terminado de deshacer el tejido social. Como nunca antes, no hay cabida para el disenso. Nicaragua se ha convertido en un país en fuga, donde la mejor oportunidad ante la perpetuación en el poder del régimen y la crisis económica es irse en caravana a Estados Unidos o cruzar, como nosotros, hacia Costa Rica para salvaguardar la libertad.      

La democracia más estable de Centroamérica asiste a unas elecciones históricas con 25 candidatos presidenciales. Una votación de muchas bandas, pero en las que cada candidato compite en igualdad de condiciones. Ningún aspirante presidencial está preso como en Nicaragua y apabulla la confianza –sentimiento insoslayable de todo proceso electoral sólido– que los partidos políticos y los electores tienen en el Tribunal Supremo de Elecciones de Costa Rica. Confianza a ojos cerrados de la cual no goza ni un ápice el Consejo Supremo Electoral de Ortega. “Aquí nos auditamos entre todos”, nos dice Carlos Delgado en la conversación en el Dante Alighieri.  

Cuando salimos a reportear esta historia, Carlos Herrera y yo tuvimos, instintivamente, miedo de ingresar a un Centro de Votación. Pedimos permiso y nos dijeron que no era necesario; “pasen adelante”, invitó una funcionaria con efusividad. La elección es cosa pública en Costa Rica y, como tal, admite el escrutinio de los contendientes, observadores, ciudadanos y periodistas. Digo esto porque como reportero he dado cobertura a tres elecciones generales en Nicaragua, sin incluir las municipales, y hacerlo es una cuestión entre evitar que la turba y los paramilitares sandinistas te agredan o buscar cualquier resquicio para ingresar a un Centro de Votación y obtener información de los opacos procesos. 

Esta apertura en Costa Rica resulta rara avis para nosotros. Los ticos nos permitieron, parafraseando a Gabo, conocer el hielo en materia de integridad electoral. Lo digo también porque como ciudadano sentí envidia y cólera: solamente he votado una vez en la vida porque, después de 2006, todas las elecciones en Nicaragua estuvieron signadas por el fraude y las triquiñuelas sandinistas. Votaciones de mentira. El único método de protesta era no validar con participación esas puestas en escena, como sucedió claramente en noviembre de 2021, cuando los nicas no avalaron “la farsa electoral” con 81.5% de abstención, según Urnas Abiertas. De hecho, Urnas Abiertas observó la elección tica y las comparaciones con Nicaragua fueron inevitables: “Prima el orden, la seguridad, la transparencia. Es una elección con observadores electorales y no como en Nicaragua, donde no se puede observar, opinar; donde no priman los derechos”, sostuvo Pedro Fonseca, jefe de esa misión. 

La armonía en las juntas receptoras ticas quedó patente desde la apertura de las mismas: sin fiscales opositores denunciando que no los acreditaron o que los simpatizantes oficialistas se tomaron desde la noche anterior el material electoral para manosearlo. Eso no existe. La de Costa Rica es una elección verdadera. Elsa Chaves por eso vota feliz. Desde el sábado dejó preparado un banquete para esperar los resultados junto a su familia, en la que también votan diferentes partidos. “Es que hoy gana Costa Rica, no importa quién gane la elección”, repite Chaves en el mismo tono de eslogan de Carlos Delgado. Otro golpe inesperado al entenderlo: En Costa Rica la gente vota feliz. Esa felicidad desbordaba el ambiente en San José. Usualmente, la capital josefina es una ciudad calmada los domingos. El tráfico que la estruja durante la semana amaina, pero este día electoral miles de carros inundaron las estrechas calles con bocinazos y banderas de cada partido que dejaban una estela colorida en esta capital enfriada por las montañas y volcanes que rodean el Valle Central. 

Una familia acampa cerca de Plaza Freses, en San José, a la espera de los resultados electorales este domingo. Carlos Herrera | Divergentes.

Cercano a la Plaza Freses, una familia acampa con sus respectivas banderas; clavan una sombrilla, sacan sillas, ponen música y se sientan a disfrutar la jornada, mientras los carros que pasan les pitan en señal de complicidad o burlas cándidas, con el dedo pulgar hacia abajo. En Sabanilla una familia ha abierto el garaje y comparten tragos y comida. Los ticos que suelen ser reservados abren sus casas el día de las elecciones. 

La espera del cierre de la jornada y el escrutinio es muy diferente a Nicaragua. Allá, el conteo y la transmisión de datos eran el punto clave para falsear los resultados y en la votación de noviembre de 2021, en la que Ortega se reeligió por cuarta vez consecutiva, el resultado era conocido de antemano. Lo que reinó en Nicaragua fue la decepción. A contrapelo, al caer la noche, la Rotonda de la Hispanidad, en San José, fue el epicentro de esta “fiesta nacional”, de esta alegría unánime que, en mi opinión de extranjero, a los ticos solo les provoca los goles de su selección de fútbol. 

Pasadas las 8:30 de la noche, el Tribunal Supremo de Elecciones leyó el primer parte del escrutinio con un poco más del 13% de las mesas contabilizadas. Las encuestas no fallaron: el candidato de Carlos Delgado, el expresidente Figueres, obtuvo el primer lugar. Luego, los magistrados electorales comenzaron a ir actualizando el escrutinio para definir quién se medirá en segunda vuelta con Figueres. La batalla estuvo entre el evangélico Fabricio Alvarado y Rodrigo Chaves, sobre quien pesan señalamientos de acoso sexual. Al margen de las críticas y bemoles de estos candidatos, así como el alto abstencionismo histórico registrado (más del 40%), que abordaremos en otro reportaje en DIVERGENTES, me quedo con esa sensación de tranquilidad en torno al escrutinio. En ningún momento hubo suspicacias por el conteo. Al final, el mayor castigado fue el oficialista Partido Acción Ciudadana (PAC) por los casos de corrupción durante el mandato de Carlos Alvarado. Figueres obtuvo 27.28% de los votos y Chaves 16.72%, por lo tanto acudirán al balotaje el próximo tres de abril. Otra jornada en la que podremos apreciar la democracia más plena de la región en una definitoria segunda parte. 

Una familia y diversas opciones políticas. La convivencia democrática de los ticos resulta inusual en una Centroamérica polarizada. Carlos Herrera | Divergentes.

Paralelo a la elección, en el Museo de los Niños, en San José, decenas de pequeños asistieron a un simulacro electoral que deja claro las convicciones civilistas y democráticas que los ticos promueven desde muy temprano. Aunque suene odioso, eso los hace muy diferentes al resto de los centroamericanos, lastrados por culturas políticas tóxicas. Quizá estas comparaciones que he hecho en este artículo suenen enfermizas para los ticos, pero este contrapunto es un ejercicio necesario y doloroso cuando lo hemos perdido todo. También porque como nicas nos interesa mucho el futuro de Costa Rica: más de 140 mil exiliados habitamos en este país desde 2018, más la migración histórica que ha dado cabida a una bi-nacionalidad cada vez más fuerte. Estamos entrelazados por las aguas del Río San Juan

Quizás por ser precisamente un oasis de calma, estas elecciones no concitaron tanto interés en la prensa internacional como, por ejemplo, sí provocaron las elecciones sin competencia de Nicaragua. Álvaro Murillo, uno de los periodistas más avezados de Costa Rica, suele contar que un amigo argentino suyo compara las votaciones ticas con los carnavales de Finlandia: “uno sabe que están bien organizadas, pero dan sueño”. Y lo comprobamos este domingo seis de febrero: Costa Rica se fue a dormir plácidamente, muy segura que los votos de sus ciudadanos son contados con respeto. Sin insomnio fraudulento. Una utopía para los nicaragüenses. “Algún día en mi amada Nicaragua”, expresó la activista exiliada Mariángeles Delgado. Aunque no sepamos cuándo, ojalá algún día, ciertamente.

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