I. Esos chavalitos repetidores
Juliana tiene clarísimo que la mayor debilidad del “mecanismo de sobrevivencia” ideado junto a su marido son sus hijos: Josecito y Marianita. Más precisamente, la boca de estos hermanos de ocho y nueve años de edad. Ella es más hablantina que él, pero al final ambos comparten esa impertinencia infantil indómita de repetir en el colegio todo lo que escuchan en casa, lo que dicen sus padres sobre todo. Y lo que piensa este matrimonio que habita en Managua no debe salir, bajo ninguna circunstancia, del hogar, porque si expusieran con sinceridad lo que opinan del Gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, podrían terminar presos o en el exilio.
“Y no podemos darnos ese lujo, de ir contra este sistema”, me dice Juliana, que en realidad no se llama así. Es un seudónimo para protegerla por razones de seguridad, pero en especial porque tiene miedo. Un miedo ya viejo que la ha llevado, con el paso de los años, a idear “el mecanismo de sobrevivencia” que mantenga a la familia alejada de los blancos a los que la maquinaria de la dictadura copresidencial suele disparar. Es decir, a todos aquellos que “piensan diferente”, precisa la mujer.

“No opinar” es la definición más precisa y escueta de su “mecanismo de sobrevivencia” en Nicaragua. Usar las redes sociales solo para ver y no para escribir, después de borrar hasta el más remoto comentario que puso durante las protestas sociales. Hace ya buen tiempo, después de 2018, aceptaron el carné de militante sandinista para no levantar sospechas en el CPC del barrio. Entre las reglas máximas también está no emitir ningún comentario en un restaurante, un supermercado o una fiesta a la que los inviten, ya sea por política o por una molestia tan nimia como un servicio público mal prestado. Mucho menos en el trabajo de ambos. Callar, pues.
El único espacio de desahogo era la casa, pero en los últimos años, con Josecito y Marianita ya crecidos, “chavalitos repetidores” en el colegio, optan también por no decir nada en el último reducto que les quedaba. Y es incómodo. Muy incómodo.
“Tenemos que andar de puntillas en todos lados. El mecanismo de defensa es ver y no opinar, pero donde podíamos, que era la casa, lo hemos dejado de hacer porque vivimos con dos niños. Aunque les advertimos que no repitan nada de lo que escuchan en casa cuando vayan a clases, pues son niños… se les salen sus cosas y, realmente, no tienen la culpa de vivir así. Aunque ya van entendiendo”, dice Juliana.
II. “No es miedo, es sólo un bozal”

Bernardo es un joven de 29 años. Trabaja, tiene novia, un carro propio que paga en abonos al banco y cada fin de semana sale a divertirse en Managua, ya sea al cine, a tomar tragos en un bar, a bailar o a jugar una de sus más recientes obsesiones: el pádel. Si uno ve desde el extranjero su Instagram, donde recoge sus andanzas, costaría creer que vive bajo una de las dictaduras más represivas y cerradas del mundo. La de Daniel Ortega y Rosario Murillo, una “Norcorea tropical” como la han llamado algunos críticos en el exilio, donde cualquier disidencia, por mínima que sea, se paga con prisión, exilio, destierro, desnacionalización, confiscación, prohibición de reingresar al país o cualquier otro castigo político del amplio menú represivo copresidencial.
Cuando le pregunto, a secas, si vive con miedo por todo eso, su primera respuesta es que no. “No es que se viva con miedo, solamente es que ya estamos acostumbrados a que ese tema es algo que no se puede hablar. Te pones un bozal para no hablar mal del gobierno y tenés, de alguna manera, chance de vivir sin que te jodan”, me dice Bernardo, quien también me pide anonimato. Por malicia, le pregunto que si no tiene miedo, ¿para qué me pide que no lo identifique en este reportaje?
Calla. Reflexiona brevemente. Sonríe al otro lado de la pantalla mientras hablamos y yo también le sonrío con ironía. “Bueno, se puede decir que sí, que el bozal es algo de miedo. Porque si un día se me pelan los cables y empiezo a hablar en contra del Gobierno en la calle, pues te meten preso, te quitan todo lo que tenés, etcétera, etcétera, o amaneces montado en un avión al día siguiente sin nada también”, resume Bernardo, mientras bebe una Victoria Clásica en un bar al sur de Managua.
Al terminar de hablar con Bernardo empiezo a confirmar la hipótesis con la que me dispuse a escribir este artículo: los nicaragüenses viven con un miedo que no parece miedo, o un miedo que ya ni siquiera reconocen, de tan arraigado que está en el día a día. Como la delimitación automática de hasta dónde se puede llegar, más precisamente hasta dónde se puede decir lo que uno piensa, para preservar una libertad trasquilada.
Un mecanismo, como el de Juliana, sobre todo para sobrevivir. Una coraza de cotidianidad que recubre ese miedo que en instantes puede volverse terror. Al mismo tiempo que el régimen copresidencial, principalmente Rosario Murillo, utiliza esa “normalidad” para sus fines políticos, para imponer una entelequia de “paz y tranquilidad” que, cada mediodía, profetiza en sus alocuciones diarias.
III. “La tranquilidad y la paz” de la copresidenta

Rosario Murillo en su alocución del 26 de julio de 2026: “Y así, en Paz, en Seguridad, en Estabilidad, en Armonía, en Tranquilidad y en Prosperidad, vamos adelante. Nicaragua Triunfa en Paz y Unidad. Nicaragua triunfa porque el pueblo de Sandino, el glorioso pueblo de tantos héroes y mártires, merece lo mejor. ¿Y qué es lo mejor? Lo mejor es la Paz” (sic).
En al menos 67 intervenciones de Rosario Murillo en 2026 analizadas por DIVERGENTES, la copresidenta vuelve una y otra vez sobre los conceptos de “paz” y “tranquilidad”. Más que un mensaje, es un eje discursivo instalado, una repetición sostenida que fija la imagen de “normalidad” que vende el régimen copresidencial. En otras palabras, una “Nicaragua estable, segura y en calma”, al margen de la represión, las detenciones arbitrarias, las desapariciones forzadas y el cierre sostenido de los espacios políticos y civiles.
“Al margen”, en la práctica, quiere decir un país donde los que viven con un miedo (que no parece miedo) buscan esquivar lo que organismos de derechos humanos denuncian como “represión sostenida”. Por ejemplo, con corte al 31 de julio de 2026, el Mecanismo para el Reconocimiento de Personas Presas Políticas documenta 60 personas encarceladas por razones políticas, 23 de ellas en condición de desaparición forzada. Entre ellas hay quince adultos mayores. También dos menores de edad. Y familias enteras enteras capturadas, como los seis parientes de Brooklyn Rivera, el líder indígena miskitu, detenidos en Managua el 31 de mayo cuando intentaban reclamar su cuerpo para enterrarlo. Rivera había muerto bajo custodia tras más de 970 días desaparecido.

“Estas cifras que damos son un mínimo verificable”, insiste Claudia Pineda, directora de la Asociación Memoria y Justicia, una organización que cobija al Mecanismo. “Sabemos que hay muchas más familias que no denuncian por temor a las represalias”.
El mismo temor que mencionan Pineda y las familias de los presos políticos también atraviesa los intentos por medir lo que piensan los nicaragüenses. Jesús Tefel, presidente de Hagamos Democracia, organización que realiza la consulta ciudadana “Percepción de la Realidad Política, Social y Económica de Nicaragua”, explica a DIVERGENTES que la represión los obligó a renunciar a la precisión científica. Por el miedo de la gente a ser capturada o acusada de “traición a la patria”, el sondeo usa un muestreo no probabilístico, que describe quiénes participan pero pierde la capacidad de extrapolar los resultados a todo el país.
“Contestan quienes sienten la suficiente confianza como para participar en este tipo de ejercicios, nada más”, dice Tefel. Es decir, el miedo filtra la muestra desde el inicio: responde solo el que se anima, y el resto, los más asustados, quedan fuera. La seguridad es parte de la metodología de Hagamos Democracia. El formulario no recopila correos, las respuestas se presentan agregadas y se excluye cualquier dato que identifique a los participantes.
Aun así, los hallazgos dibujan el miedo. El 83.2% de quienes expresaron una posición clara reportó haber detectado vigilancia o control ciudadano, sea de la policía, paramilitares o los propios vecinos. Tefel, sin embargo, se cuida de sobreinterpretar. El miedo es un factor central, dice, pero no puede afirmar técnicamente que sea el único. La consulta no mide directamente cuánto miedo sienten quienes participan, ni permite conocer a los que decidieron no responder. Ese silencio, el de los que no contestaron, es quizás el dato más elocuente.
IV. El miedo como método totalitario

El sociólogo Juan Carlos Gutiérrez, desnacionalizado y exiliado en Costa Rica, recurre a un experimento de laboratorio con ratones para ejemplificar cómo el miedo está interiorizado en los nicaragüenses.
A unos ratones se les colocaba dentro de un espacio con un límite que, al cruzarlo, les provocaba una descarga eléctrica. Del otro lado había comida, pero cada vez que se acercaban recibían el castigo. Con el tiempo dejaron de intentarlo. Lo revelador vino después, cuando los científicos quitaron las descargas y abrieron el paso, los ratones ya no se movieron. Seguían encerrados en un límite que ya nadie vigilaba. El castigo se había vuelto innecesario porque ya vivía dentro de ellos.
A partir de este experimento, Gutiérrez disecciona el miedo como método de un régimen totalitario como el de Ortega y Murillo. Recurre al filósofo francés Michel Foucault, en específico al “panóptico”, el concepto que desarrolla en “Vigilar y castigar”: una vigilancia que no necesita ser constante para funcionar, porque basta con que el vigilado nunca sepa si lo observan todo el tiempo.
“Como nadie sabe a ciencia cierta si lo vigilan, todos se comportan como si siempre lo estuvieran”, explica el sociólogo. “Eso te plantea un condicionamiento del comportamiento y una suerte de parálisis de las personas, porque, volviendo al experimento, ya no vas a ir a intentar salir o no, sino que ya está claro que no podés. La represión impone el miedo como método para controlar e inhibir comportamientos”.
Algo parecido a lo que vive Roxana, una madre chinandegana que cada semana le advierte a su hija que “no se meta en nada en la universidad”, ni en discusiones, ni en concursos, ni en nada que puedan tomar como crítica al Gobierno de Ortega y Murillo. “Uno no sabe quiénes son sus compañeros, si son CPC o tienen familiares en el gobierno… o si reciben beneficios, y si ella dice algo, no vaya a ser que la marquen”, me cuenta la madre de familia bajo condición de anonimato.
“Realmente, no emitimos ningún juicio de valor fuera de casa. No confiamos en nadie, a tal punto que si vamos a comer a un lugar público ni saco el celular por miedo a que alguien vea qué noticias leo, de medios independientes”, prosigue la mujer que, para ejemplificar su miedo pone varios ejemplos:
“Tampoco sabemos si al entrar a una noticia contra el Gobierno me pueden rastrear. Una vez me salió un recuerdo en Facebook con otra persona que es opositora y no lo pude borrar, porque no era mío, y tuve que llamarlo para que lo quitara. Es un miedo a todo que mejor vivimos callados. Cada quien en lo suyo”, describe Roxana. Eso es algo que los estudiosos también ven en el miedo bajo dictaduras, específicamente una sociedad atomizada, con un tejido social roto y cada quien preso en su propia desconfianza.
Aunque en el planteamiento de Foucault esta vigilancia interiorizada tiende a reemplazar al castigo brutal y visible, los Ortega-Murillo recurren a las dos cosas a la vez. También a los castigos ejemplarizantes, a producir, administrar y dosificar el miedo según convenga. Gutiérrez retoma una imagen tan antigua como universal para seguir explicando: la crucifixión de Jesucristo.

“A Jesús lo crucificaron para que no hubiera más sublevados hacia el dominio romano. Es un castigo ejemplificante. No sólo castiga al que supuestamente violó una norma, sino que sirve para que todos aquellos que tengan intención de hacerlo, de violentar el poder, sepan lo que les puede pasar. Es como una liturgia del terror, pero con un mensaje que se inscribe en el comportamiento de las personas”, continúa el sociólogo e investigador.
En ese sentido, Gutiérrez sostiene Ortega y Murillo no eligen entre el suplicio y el panóptico, sino que “utilizan ambos, porque ambos le funcionan en ciertos momentos”, para infligir dolor a alguien de modo que genere miedo a terceros, y a la vez “tener control en 360 grados”.
A medida que su explicación se alarga, recuerdo también lo planteado por Hannah Arendt en “Los orígenes del totalitarismo”. Más o menos dice que en los regímenes totalitarios ya maduros, como el copresidencial en Nicaragua que ahora pretende abolir las elecciones, el terror deja de ser un instrumento ocasional para convertirse en la esencia misma del poder. Y en esa lógica también entra el azar como cálculo.
Por ejemplo, con los Ortega-Murillo ha sido permitir el regreso al país a centenares de nicaragüenses, condenados al destierro de facto. Esa política represiva en materia migratoria generó un miedo generalizado a viajar. Otro de los miedos que, para variar, se le contagió a Juliana. Dejó de ir a Estados Unidos a ver a dos de sus hijas mayores, hermanas de Josecito y Marianita. Aunque en Nicaragua ve a otros familiares y sale a divertirse, le duele llevar más de dos años sin poder tomar un avión por temor.
“Hay cosas tan simples como el chat vecinal que se organizó porque no pasaba el camión de la basura regularmente. Entonces uno de los vecinos, que tiene conexiones con un CPC, armó un grupo para organizar la recolección. A los días vimos que puso una foto de Daniel Ortega de perfil del chat, entonces mejor me salí, por miedo a que si un día me quejo, me vaya mal”, dice y se carcajea. “Así que el mejor mecanismo para sobrevivir, no volverte loco, es fingir demencia y normalidad dentro de esas irregularidades. Antes viajábamos y cuando llegábamos a Estados Unidos sentíamos alivio, como que nos llenábamos de dosis de rebeldía afuera, para venir a aguantar aquí dentro. Pero ahora tampoco viajamos. Es jodida la cosa”.
V. Antecedentes del miedo

La historiadora Mónica Baltodano, guerrillera contra Somoza y luego crítica del orteguismo, parte de algo elemental. El miedo, dice, es una reacción de supervivencia, una respuesta defensiva ante el peligro. Pero en política sirve para inmovilizar a quienes se rebelan contra la opresión.
Baltodano recuerda que el somocismo también lo entendió así. “Lo primero que hizo Somoza, en 1934, y casi no se recuerda, fue eliminar toda la base social sandinista”, señala. Centenares de campesinos fueron asesinados en Wiwilí y Quilalí, el territorio de la guerrilla de Augusto C. Sandino. Sobre esa aniquilación se levantó la aparente calma de los primeros años de la dictadura del patriarca Somoza García.
“Somoza usó las tres P: plomo para el enemigo, palo para los vacilantes y plata para los amigos. Eso le permitió navegar durante mucho tiempo”, recuerda Baltodano. Pero, a pesar de ello, quedaban rendijas, menos miedo que en la actualidad.
Tras la muerte de Anastasio Somoza García, durante el Gobierno de René Schick, se abrieron espacios que el Partido Socialista aprovechó para organizar sindicatos y trabajo campesino. “Había represión, pero había espacios”, resume. Y de esos espacios terminó saliendo la oposición que enfrentó a la dictadura, desde los conservadores armados de Pedro Joaquín Chamorro hasta el movimiento estudiantil de los años sesenta.
Ortega y Murillo conocen bien esa historia, sostiene Baltodano, y por eso no dejan ni una rendija. La expulsión y el encarcelamiento de liderazgos religiosos, sociales, periodísticos y políticos buscan que no sobreviva ningún lugar desde donde articular oposición. “Cualquier intersticio que se pueda utilizar para organizarse les resulta gravísimo”, plantea la Baltodano.
Otra historiadora, que pide anonimato, lo plantea distinto. El miedo y el terror siempre han sido armas de los opresores y “la única forma de vencerlos es colectiva”. Ante la represión, una parte de la sociedad se resigna; otra encuentra en la organización una manera de resistir. Lo ilustra con Europa bajo el nazismo. Mientras unos se sometieron, otros se organizaron y nacieron los partisanos y los grupos de resistencia. El miedo, sostiene, no se supera solo, encerrado en casa, sino cuando la gente vuelve a encontrarse. Pero encontrarse para hacer algo contra el régimen Ortega-Murillo es algo que Juliana, ni Bernardo ni Roxana tienen en sus planes. Por ahora, viven con ese miedo que no parece miedo y con la esperanza puesta “afuera” para salir de la dictadura.